• ++56 9 62093179
  • andesteam@gmail.com

Duplicar la apuesta #Aculeo52K

Duplicar la apuesta #Aculeo52K

Los que han leído reportes anteriores sobre esta prueba me han escuchado repetir que quien corre en Acúleo puede correr cualquier otra prueba. ¿Si esto es cierto para quien corre una vuelta de 26 kilómetros, qué podríamos decir de quien realiza 2 vueltas a este bello y desafiante circuito?

El sábado 19 recién pasado correspondió la 4ta fecha de la Vuelta a la Laguna de Aculeo. En esta ocasión, y como una manera de complementar mi preparación para el Maratón de Berlín en el que participaré en poco más de un mes (el 24 de Septiembre), asumí el desafío de realizar la doble vuelta, es decir, 52 kilómetros.  Este era uno de los proyectos que venía acariciando desde principios de año, y que hasta último momento no estaba seguro de poder realizar dado que una rebelde lesión en la fascia plantar me estuvo molestando por varios meses. Finalmente, decidí hacerlo de todos modos,  teniendo en mente el disfrutar cada momento del recorrido, y considerando que se supone que a un mes de un maratón se debería realizar  “el último largo”.

Dado que la carrera largaba a las 8 horas, partimos junto con mis amigos Mauricio Quintanilla e Ignacio Rodríguez (Nachito) poco antes de las 6 de la madrugada. Llegando con tiempo suficiente para retirar el kit, y realizar los rituales habituales previos a una carrera (ir al baño, preparar los últimos detalles de la hidratación y alimentación para la prueba, conversar con los amigos, etc.).

Después de una noche de intensa lluvia el día había amanecido fresco y, hasta podría decirse, templado. Una suave neblina cubría algunos sectores del camino, y el paisaje se percibía bellamente de ensueños. El aire fresco llenaba los pulmones y aclaraba el espíritu. El olor a tierra húmeda permitía conectarse con toda esa belleza que nos rodeaba.

Minutos antes de las 8, Rodrigo nos llama y entrega las últimas instrucciones. Somos 24 valientes, expectantes y emocionados. La partida es ordenada, y zigzagueantes  para evitar las pozas de agua, nos vamos ordenando cada quien por su ritmo. Yo asumo un paso levemente más pausado de lo habitual con la idea de poder reservar energías para  esa segunda vuelta.  A los pocos minutos, alguien a mi lado mi habla: “Hola, Yo soy Francisco, ¿Cómo te llamas?” – Le doy mi nombre y continua – “Es mi primera vez en Aculeo” – Le cuento que Yo ya la he corrido varias veces antes, pero que es la primera vez que hago más de 42 kilómetros.  Su comentario me remece como una campanada: “… es tu primer Ultra… te felicito…”. Recién entonces tomo conciencia de lo que estoy enfrentando “mi primer Ultra maratón”.  (Para los que no saben de estas minucias del lenguaje, se entiende que toda carrera de más de 42 kilómetros es un ultra maratón).

Después Francisco sigue su camino, y Yo continuo disfrutando del aire y el paisaje. Corro conectado con el presente profundamente, y eso queda reflejado en una foto que me toma Nachito para Corredor Promedio poco antes de enfrentar esa primera subida en el kilómetro 4.

Las sensaciones son plácidas, y me asombro al darme cuenta que ese paisaje tantas veces recorrido se me hace tan mágico y novedoso. Sin darme demasiada cuenta llego al asfalto en aproximadamente 1 hora y 20.  Saco mi segundo gel y lo consumo (el primero me lo había comido antes de partir).  Voy muy parecido en los tiempos que en una vuelta normal. Inicio ese segundo tramo con energías.

Creo haber relatado anteriormente que una de las estrategias que utilizo para enfrentar las pruebas de larga distancia es asumirlas como una sucesión de pequeñas pruebas. En El caso de Acúleo, habitualmente la divido en tres tramos: el camino de tierra, el asfalto hasta el puente Pintué, y la carretera hasta la meta en el Camping Los Álamos. Dentro de cada uno de ellos los pensamientos y expectativas se fijan en esas metas parciales.  Con ello, jamás nos vemos abrumados por los tiempos o los grandes números, nunca se está corriendo mucho más de unos 10 kilómetros. Y aunque fríamente puede parecer absurdo, funciona maravillosamente.

En el kilómetro 15 me encuentro con el puesto de abastecimiento. Un plátano y un vaso de hidratante y continuo.  Me siento feliz y pleno,  mi cuerpo ha respondido a la perfección, quemando cada etapa dentro de los tiempos esperados. Minutos después ya estoy en el puente Pintué. Esta nueva etapa siempre había sido la más dura. Sin embargo, transcurre sin grandes novedades. En el kilómetro 21 consumo, según lo planificado, el tercer gel. De allí, llegar al camping y escuchar por los altavoces mi nombre y el aliento que se da a cada participante.  Poco antes de cruzar el pórtico, me cruzo con Francisco, nos saludamos y alentamos. Doy la vuelta tras un cono que marca el retorno, y a comenzar de nuevo. Van 3:14 horas. Poco más de lo que he hecho este año en cada fecha.

La luminosidad ha cambiado, el sol ya está alto y templado. El camino está algo más seco. Los kilómetros pasan, el reloj avanza.  Al rato me doy cuenta que mis referencia no me acompañan, y ese camino de tierra no parece terminar. Mi sensación ha sido que he mantenido el ritmo de la vuelta anterior, pero la realidad es otra.  Respiro y me reconcentro, “anticipo” el siguiente gel, y camino durante algo menos de un minuto mientras paladeo su dulce sabor y bebo algunos sorbos de Isorade desde mi mochila. Retomo el trote y logro llegar al asfalto. Esta vez he demorado 1:40 hora en esta etapa. Siento las piernas pesadas, nada duele, pero cuesta engañar al cuerpo.

A los pocos minutos sobre el asfalto me llega ese segundo aire.  Los nutrientes están llegando y el cuerpo lo sabe. Mi ánimo cambia,  parece todo distinto.  Al rato, nuevamente estamos en el puesto de abastecimiento. Queda solo agua. Tomo 1 o 2 vasos. La señora que atiende me ofrece un trozo de marraqueta, como un par de bocados mientras camino, y el resto me lo guardo en el bolsillo.  Retomo el trote. En algún momento me doy cuenta que hace como un kilómetro ya pase Pintué. Estoy cerca de la medialuna del pueblo. Avanzo lento, pero lo importante es que cada paso se siente firme y seguro.  Ya estoy en “terra incógnita”,  supere sin darme cuenta los míticos 42 kms.  Ahora es solo avanzar y disfrutar. Los autos pasan a mi lado, algunos los siento demasiado cerca. Cada tanto tomo de la mochila un par de profundo sorbos. A esta altura lo fundamental es la hidratación.  Cuando ya estoy por el kilómetro 20 o 21 de esta segunda vuelta, es decir, el kilometro 46 o 47, considero ese último gel planificado, pero siento que mi estómago no lo recibirá bien. No importa, no tengo hambre. Miro el reloj y me asombro que, a pesar de todo, estoy dentro del plan.

Veo ante mis ojos una subida. Pienso: “Es esta y estamos en la recta que concluye en el Camping Pantanal. Después esta esa última subida, la capilla, el colegio y la cancha de futbol,… y de ahí al camino de tierra y a la meta”.  Pequeñas referencias, pequeñas metas. Paso a paso se avanza, y esas son las etapas que me esperan.  Cada una es alcanzada, y con ella una nueva energía se alcanza. Los pasos se hacen menos pausados y cansinos.

Al doblar para enfrentar la entrada al Camping Los Álamos aprieto el paso, y comienzo a llenarme del entusiasmo y la alegría de una misión que se está cumpliendo. Escucho la voz de Rodrigo por los altavoces anunciando mi llegada. Los asistentes se ordenan tras la meta formando un  túnel para recibirme. Yo lo cruzo y recibo su cariño y sus felicitaciones. La familiaridad de La Cofradía se refleja en el abrazo que de cada uno de ellos recibo. Mauricio retrata mi alegría con una foto que comparto después por mis redes. Después de 52 kilómetros sé que no existen imposibles ni inalcanzables, y que siempre puedo soñar con un nuevo desafío…. porque estoy vivo….

Fueron 7:35 horas, las que me llevaron a ese momento. A sentir todo ese flujo y raudal de sensaciones. En lo formal, conseguí el primer lugar en mi categoría, una medalla que simboliza todas esas sensaciones y emociones.  En lo físico, mucho cansancio pero sin dolor. El cuerpo parece repararse con la plenitud de todas esas emociones que se vivieron.

 

Ahora solo queda agradecer. A Mauricio y Nachito por acompañarme y retratar esta aventura. A Andesteam, mi equipo, por apoyarme y alentarme, porque su cariño es importante, y correr con amigos hace una gran diferencia. Al Coach Sebastián Villarroel, por sus consejos y su apoyo. A Scientificbody por proveerme con un exquisito hidratante Isorade de Maqui, que con su sabor balanceado y agradable hizo más llevadera la prueba. A mi familia por entenderme en “mis locuras” y alentarme a seguir.  A la vida por permitirme vivir cada instante… especialmente estos…

 

Andrés Reisz – Socio Andesteam

¡Comparte!
Andesteam