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112K en un día: #24HorasPista

Como me “gradué” de loco que corre.

Hace un año publique en las páginas de Corredor Promedio un artículo titulado 100 kilómetros en un mes, en el que daba cuenta de mi participación en 4 carreras en el transcurso de 30 días, las que sumadas daban algo más de 100 kilómetros. Este año logré hacer algo más entretenido.

Este año  participé de una de las pruebas más desafiantes: 24 horas en pista, evento organizado por Olimpo que se desarrolla en la pista atlética del Colegio Sagrados Corazones de Manquehue en la comuna de Vitacura.

La competencia invita a recorrer la mayor distancia posible alrededor de una pista atlética en el lapso entre las 19 horas del día sábado y las 19 horas del domingo, es decir, en 24 horas. Las reglas son bastante simples, se debe recorrer la pista en el sentido que corresponda a cada horario (se cambia cada 4 horas) al ritmo que se desee, y se puede descansar lo que cada uno requiera.

Mi participación nació de una humorada que quise hacerle al padre de Ricardo Gómez, a quien deseaba desafiar a que participáramos en duplas. Al final decidí asumirla como uno de los 5 grandes desafíos 2017.

Durante el último mes me di a la tarea de diseñar con Mauricio Quintanilla, mi amigo corredor, y con el apoyo de Sebastián Villarroel, Coach de Andesteam, una estrategia para obtener un buen resultado. Luego de mucho darle vueltas, llegamos a la idea de que se debería procurar alternar periodos de trote con otros de descanso activo (caminata), y que esto se debía hacer desde el primer momento de la carrera, evitando dentro de lo posible el “correr por sensaciones” o entusiasmarse demasiado al principio. Las proporciones no estaban claras. ¿Debemos dar una cantidad de vueltas trotando y después otras caminando? ¿o el parámetro debe ser por tiempos? Después de algunos ensayos prácticos concluí que una buena idea era darse un tiempo de trote (por ejemplo 30 o 40 minutos), y luego, el descanso considerarlo en vueltas. Además, durante ese periodo se debería dar la hidratación, el consumo de geles y otros alimentos, y las salidas al baño. Además, el plan indicaba que trataríamos de llevar adelante esta estrategia en bloques de 6 a máximo 8 horas, para luego descansar entre 1 y 2 horas.

Los días previos a la prueba estuve tranquilo. Entrenando mas volumen que velocidad. Mejoré mi hidratación, y dormí más. Como reaccionaría a una prueba tan distinta a todas las que conocía era una incógnita. La primera prioridad era disfrutar del desafío tranquilo y feliz.

El día sábado estábamos convocados a las 16 horas para la charla técnica, el control médico, y la entrega del kit. El pronóstico del tiempo era  mucho calor, y por tanto, todos nuestros planes debían ajustarse a esta condición. En la medida que se acercaba la hora, una cierta ansiedad me ataca. Nada grave, sólo la emoción de estar por enfrentarme con lo desconocido.

Minutos antes de las 19 nos llaman a encajonar. Partiremos girando en sentido antihorario. La temperatura ambiente, bordea los 30 grados por lo que inicio con una polera sin mangas. Casi puntualmente se da la largada. Todos trotamos comenzando a calentar. Saco mis cuentas y decido que partiré con trotes de 40 minutos alternados con caminatas de una vuelta. Al terminar esos primeros 40 noto que una vuelta es mucho y lo reduzco a la mitad. He consumido antes de partir un gel Hammer y 500 cc de Isorade de Uva. En el primer descanso activo me tomo 2 vasos de Isoride. En la segunda pausa, consumo otro gel y 2 a 3 vasos de Isoride. Continúo con este esquema por las primeras 2 horas y media. 40 minutos de trote por media vuelta de caminata. Mantengo un ritmo de aprox. 6 min/km, es decir, alrededor de 2:30 minutos por giro.

Sudo mucho, y el sudor me comienza a irritar los antebrazos y axilas. Consigo que me pasen un poco de pomada que he llevado y la aplico mientras avanzo.

Poco después de reiniciar el trote después de la cuarta pausa veo llegar a Sebastián con Ángeles. Les cuento que voy bien, y que cuando se cumplan las 3 horas me gustaría cambiar de polera y consumir unas barras de cereal. Esto implica un cambio en el módulo de las vueltas, pero me pareció que debía “atender a los consejos del Coach”. Cuando paro, consumo una barrita, Isorade de piña muy dulce que me han preparado, y me cambio la polera. Luego retomo mi plan.

Nos acercamos a las 4 horas, y Sebastián me informa que cumplido ese plazo debo detenerme, descansar y comer algo. Me ofrece pasta instantánea (Maruchan) y acepto. Me cuesta tragar un poco, pero finalmente logro consumir la porción. Una barra chocolatada me ayuda a endulzar la boca. Ahora a retomar el trote, pero antes una pasada al baño. La pausa no alcanzo a los 20 minutos. Hasta ese momento llevo 32 kilómetros.

Cumplidas las 5:45 horas completo los primeros 42 kilómetros. Un maratón en menos de 6 horas y no tengo ninguna molestia – pienso para mis adentros – No está nada mal. En las graderías solo están los asistentes de carrera, y ni siquiera muchos de ellos se ven. Decido salir a cambiarme de polera nuevamente al cumplirse las 6 horas. Son la una de la madrugada. Estando en la carpa aprovecho de tomarme una bebida energética y sacar mi IPod para escuchar música. Pongo un listado de canciones especialmente preparado para correr; mucho rock: Metallica, Black Sabbath, Ozzy, Mago de Oz. Los ritmos que sé me permitirán prolongar el trote durante la noche. Considerando el calor pronosticado para el día siguiente, el plan se ha modificado a tratar de hacer el máximo durante la noche y las horas de la mañana.

Considerando el nivel de cansancio, decido aumentar gradualmente los lapsos de caminata que voy intercalando, primero prolongándolos a una vuelta completa, y luego a 2 y 3. Al rato me descubro caminando y sin mucha intención de retomar el trote. En mi cabeza una idea me asalta: “Mientras más caminas, más difícil es volver a correr”. Por suerte la solución me llega desde el IPod. Comienza a sonar la canción Danza del Fuego de Mago de Oz, un tema que se inicia muy suave y calmado, y que repentinamente cambia de ritmo. Sin más me digo, cuando acelere la canción voy a correr. Dicho y hecho. Nuevamente estoy trotando, una inyección de energía surge desde la música y trato de aprovecharla. Por la siguiente hora intercalo el trote con algunas vueltas de caminata.

Al cumplirse las 8 horas nuevamente volvemos a girar como al principio. Los giros en sentido contrario me han parecido extraños, casi antinaturales. El volver a la “normalidad” me facilita por un rato mantener buenos ritmos mientras troto (7 a 8 minutos por kilómetro) pero cada vez que camino estos decaen y me cuesta volver.

Al cumplirse las 9 horas ya es poco lo que puedo trotar. Me mantengo caminando y escuchando la música. Canto y pienso en cualquier cosa. Nos damos aliento entre los pocos que permanecemos dentro de la pista. Llevo algo más de 60 kilómetros. Me planteo como objetivo estar al menos 1 hora más. Comienzo a sentir sueño y cabeceo. La temperatura ambiente ha bajado mucho, y el sudor en la polera se enfría. Cumplidas 10 horas me doy cuenta que en la última hora no he hecho mucho más de 1k, por lo que decido irme a dormir. Antes de acostarme me cambio la polera. Son las 5 de la madrugada.

Despierto a las 6:15. Ya ha amanecido. Me desperezo, cambio las zapatillas y regreso a la pista. El reloj de la carrera indica que ya llevamos 11:25 horas de carrera. Camino algunas vueltas para entrar en calor. Siento mucho frío por lo que decido retomar el trote en cuanto pueda. El nuevo cambio de dirección me encuentra justo bajo el arco de meta trotando. El descanso ha sido muy reponedor. En mi fuero interno decido que a las 8 tomare desayuno, mientras tanto tratare de sumar la mayor cantidad de kilómetros que se pueda.

A las 9 o 9:30 llega Luis Concha, el otro entrenador del equipo, me alienta en cada vuelta y está atento a mis requerimientos. Al rato se le suman Carlos Román y Javier Sandoval, dos amigos de Andesteam. Entre los 3 forman una barra que me mantiene en movimiento y motivado. En algún momento les pregunto cuanto llevo; 82 kilómetros. Ya supere mi primera meta, los 80 que me había fijado como mínimo ha recorrer. Fue en algo así como 15 a 16 horas. Carlos y Javier se van, al rato también Luis. Cerca de las 12 aparece Alejandro Figueroa. Los Amigos de Andesteam se turnan para acompañar, o envían mensajes de aliento que se reproducen por los altoparlantes. He superado los 90 kilómetros, pero el cuerpo ya da señales de fatiga. Me duele la espalda, los hombros, la cintura.

18 horas. Decido descansar y almorzar. Me siento con Mauricio en la zona del quincho y pido un maruchan de pollo. Esta vez puedo tragar bien. Bebo coca cola. Converso con Mauricio y con otros participantes que están por ahí. En eso llega Esteban Brufau con su polola, compartimos un rato mientras descanso.

Cuando estoy a punto de retornar a la pista regresan Sebastián con Ángeles. Les comento de mis molestias en la espalda, y me ayudan a elongar. Mientras me ayudan a estirar y flexibilizar llega Magaly Castillo.

Bastante más aliviado regreso a la pista a eso de las 14 hrs. Al entrar llevo 93 kilómetros recorridos. Luego de un par de vueltas de calentamiento caminando decidimos atacar la siguiente meta: completar los 100 kilómetros. Comienzo a trotar y contar las vueltas. En las graderías a mi barra se han unido Myriam y Gloria. Las energías que me entregan y la cercanía del objetivo deseado me hacen dar mucho más de lo que Yo creía posible. Troto sin pausas. Cada 4 a 5 vueltas bebo un par de vasos de hidratante. Cada otro tanto, Sebastián me moja la cabeza, el cuello y los antebrazos con agua fría. Los 100 kilómetros se alcanzan casi al mismo tiempo que superamos las 20 horas de carrera y cambiamos por última vez el sentido de giro.

Nuevamente me doy un descanso. Comer un sándwich, tomar coca cola, refrescarse. Visualizar que se hará en las 4 horas que nos quedan. Decido ir por los 110. Mientras estoy en eso, pasan mis padres a visitarme. Sebastián, Ángeles, Myriam y Gloria ya se han ido. Carlos ha regresado y acompaña a Magaly.

Al regresar comienzo a caminar, trato de ir rápido pero ya me cuesta mantener un trote consistente. Las piernas pesan, la espalda refleja el cansancio. La mayoría de los participantes se mantiene solo caminando. En nuestras cabezas hay una cuenta regresiva, y ahora todo está en nuestra cabeza y corazón. Voluntad es la consigna. A pesar de todo se avanza, se siente que las vueltas se van sumando y los kilómetros acumulando. Caminamos juntos, conversamos y nos felicitamos. Hay alegría por los logros alcanzados. Antes de comenzar Rodrigo nos dijo que nosotros éramos los protagonistas y los héroes de la jornada; ahora todos lo sabemos en el alma.

Cerca de las 17:30 horas, aparece Jesús Figueroa con su hijo. Cruzo algunas palabras con él. Recibo su aliento y cariño. El saberse acompañado es un incentivo invaluable para continuar.

Faltando media hora para el final, Magaly y Carlos me comentan que ya supere los 110 kilómetros. Sonrió y les digo: “Entonces ahora vamos por los 112”. Veo en sus caras incredulidad. Sé que están ahí alentándome, como los amigos incondicionales que son, aun cuando pueda parecer loco el someterse a tales esfuerzos. Veo su sonrisa tras cada vuelta completada, y escucho sus gritos de aliento.

 

Mientras camino converso con Ricardo y la Feña, y con otros corredores de quienes no recuerdo sus nombres. Anuncian por los altavoces que entramos en los últimos 5 minutos. Mentalmente calculo que alcanzare a completar mi objetivo.

Paso bajo el arco de meta quedando poco más de un minuto de la prueba, sé que acabo de completar los 112 kilómetros. Sonrio, y les hago un gesto a mis amigos en las graderías. Aun camino, pero es a un ritmo de marcha. 30 segundos gritan. Comienzo a correr. Lo doy todo por alcanzar un punto imaginario que se encuentra a algo así como media vuelta más adelante. Veo a otros hacer lo mismo. Todo es energía y dicha. Resuena una cuenta regresiva y la orden final: “deténganse y permanezcan donde quedaron”. He llegado a ese punto. He superado los tres cuartos de vuelta.

Rodrigo va recorriendo la pista, registra cuanto logro avanzar cada quien, y los que ya han sido controlados deben seguirlo. Mientras esperamos nos saludamos desde nuestras posiciones, nos felicitamos por el éxito. Estoy entre los que más lejos llegaron en ese último giro, solo 3 personas me superan. Cuando el grupo me alcanza, los aprovecho de abrazar.

Ahora falta el último ritual. Nos van nombrando y corremos hacia la meta. Nos espera la cinta de la victoria y el abrazo de Marcela Sarmiento con la medalla de finisher. Serán tan solo 80 metros, pero tienen el sabor de la gloria. Al cruzar la meta grito mi alegría y sonrío con toda el alma. Abrazo a mis amigos, y recibo el cariño de todos los que ahí estamos.

Estoy cansado. Me duelen los músculos y las articulaciones, pero siento que podría continuar, que lo hecho no ha agotado todas mis reservas, que se ha logrado todos los objetivos soñados con creces, y en forma inteligente, que los limites se los pone uno, y están ahí para superarlos.

Ahora sólo queda agradecer. A Rodrigo, Marcela y todo el equipo de Olimpo por la organización y la logística de un evento tan maravilloso. A Mauricio por ayudarme a construir la estrategia de carrera, y por haber estado durante las 24 horas siendo mi respaldo y ayuda. A Sebastián y Ángeles, y todos los amigos de Andesteam que estuvieron alentándome y ayudando. A los que enviaron sus mensajes, y a los que enviaron su energía. Especialmente a aquellos que asistieron y gritaron desde las graderías. A Magaly y Carlos que se quedaron hasta el final, con una preocupación que rallaba en lo paternal. A mis padres que inesperadamente llegaron a verme hacer lo que sé les parece una locura. A mi familia que estuvo preocupada por mí. A la vida que me ha permitido aprender de cada carrera tanto dentro como fuera de las competencias.

Hay un verso, creo que de un argentino, que habla de “esos locos que corren”. Para aquellos que lo han escuchado, recordaran que muestra la incomprensión o desazón de aquellos que no corren ante esos bichos raros que corren para llegar a donde mismo, y ser felices con sus propios logros y el sudor de sus cuerpos. En 24 horas de pista creo haberme titulado de Loco, de un auténtico y radiante Loco que Corre.

Antes de comenzar estas 24 horas desafié a Ricardo Gómez padre a que me acompañe el próximo año 2018 a correr aquí en duplas. La pelota está en su cancha.

Andrés Reisz – Socio Andesteam

Mis primeros 10K #maratondeviña

En verano dos amigas me propusieron la idea de inscribirnos en un grupo en el Parque Araucano para hacer ejercicio, gracias a esto como conocimos Andes Team, hablamos con Sebastián  y Luis, los profes, y nos propusieron una clase de prueba. Desde ese entonces he estado en el Grupo, ya han pasado aproximadamente 7 meses de entrenamiento y tenía el desafío de correr mis primeros 10K. Dicha carrera sería la Maratón de Viña.

Con Gloria nos fuimos el sábado, un día lluvioso, pero en realidad lo que me preocupaba era no saber si lograría correr los 10K. Retiramos el Kit en la tarde y programamos todo para irnos temprano el domingo a la carrera.

Llego el día, había mucha gente y mientras largaban los 42K y los 21K me puse a calentar haciendo los ejercicios aprendidos en los entrenamientos.  Hacía mucho frío y a las 8:30 hrs. nos dieron la partida, debo reconocer que al principio no me gustó mucho la carrera porque eran demasiadas personas, no podías avanzar y te pasaban a llevar cuando te adelantaban. Sin embargo, seguimos corriendo.

Era un lugar hermoso, además contaba con un clima favorable así que se dieron las condiciones para que la carrera no fuera complicada, durante el trayecto te encontrabas con la banda de la marina y más adelante una batucada. No hay mejor sensación que la de sentirte que te daban ánimo, además de que muchos otros corredores daban su apoyo y eso te motivaba aún más. No me detuve. Mantuve el ritmo. Me sentí bien. No estaba demasiado cansada y me di cuenta que el esfuerzo durante el entrenamiento había valido la pena.

Ya cerca de la meta me emocioné porque lo estaba logrando y la verdad no me sentía mal. Al contrario, estaba realmente emocionada y creo que incluso hubiera podido correr un poco más.  Llegué a la meta después de una hora con 9 minutos, no sé si el tiempo es bueno o no, pero nada me quitará mi sonrisa.

Creo que por primera vez recibí mi medalla con orgullo, y minutos después me reuní con los otros integrantes del grupo que habían asistido a la carrera. Me felicitaron, contaron su experiencia, elongamos y nos sacamos fotos.

Fue una buena experiencia, en donde me sentí apoyada por mis compañeros de Andes Team, así que no me queda más que agradecer a los profes por sus exigencias, consejos y ánimo durante los entrenamientos y a cada uno de los integrantes por haberme recibido bien en el grupo y por todo su apoyo.

Ahora comienzan los nuevos desafíos, bajar mi tiempo en los 10K y  empezar a prepararme para mis primeros 21K.

Deysi Lizana ToledoSocia Andesteam 2017

Grandes sueños #maratónBerlín

La idea de participar en el Maratón de Berlín surgió hace algo más de un año, al finalizar mi participación en el Maratón de Rapanui. En ese momento me pregunte cual podía ser un desafío interesante, luego de tan exclusivo y bello evento. Posibilidades existen muchas; los grandes maratones como Nueva York, o algunos más cercanos como Buenos Aires. En ese momento, la idea que me atraía era intentar mejorar sensiblemente mis marcas, por lo que la mejor opción era intentar La Maratón más rápida del mundo: Berlín.

Luego, de varias averiguaciones, me puse en contacto con un operador de este tipo de eventos, Carreras Internacionales, con base en Argentina. Con ellos contrate un paquete que incluía la participación y el hotel, mas todo el apoyo logístico durante el evento.

La aventura comenzó el martes 19 de septiembre en la mañana, cuando junto con Pilar, mi esposa, partimos en vuelo directo a Roma. De allí, luego de una supuesta escala de 2 horas proseguiríamos a Berlín. La escala se alargó hasta las 4 horas, con lo que tuvimos tiempo de desayunar y estirar un poco las piernas, ya que debimos hacer los trámites de policía Internacional en Roma, lo que nos ocupó casi una hora de nuestro tiempo. (consideren que el embarque de un vuelo debería realizarse 1 hora antes de su partida, por lo que esa escala de 2 horas tenía menos de 1 hora para cualquier trámite y/o desplazamiento).

La llegada a Berlín, luego de menos de 2 horas de vuelo fue bastante interesante. Nos recibe un aeropuerto de apariencia bastante antigua, pequeño considerando los estándares europeos (podríamos decir que tiene un tamaño similar a Pudahuel). Y que se ubica dentro de la ciudad. Berlín se ve como una ciudad muy ordenada, con amplias avenidas, y mucho verde. La gente es cosmopolita, y se ve amable.

Ese primer día (miércoles 20) se va en descansar y pasear por los alrededores del hotel, el día es bello y templado, y a pesar del cansancio, hay que ajustarse al horario local por lo que nos obligamos a permanecer activos hasta una hora que sea adecuada para que el cuerpo entienda este nuevo huso horario.

A la mañana siguiente nos levantamos relativamente tarde. Visitamos la zona de la puerta de Brandemburgo, la estación central de trenes (Haupbahnof), el Reichstag y el Monumento a los judíos de Europa Asesinados. Paseamos por el Tiergarten. La strasse des 17 juni, la avenida que va desde la puerta de Brandemburgo hasta la Columna de la Victoria no se puede transitar, ya que se encuentra cerrada para albergar la partida y meta del Maratón el domingo siguiente. Desde el bus podemos divisar el Palacio Bellevue y la Columna de la Victoria.

Por la tarde voy a la Expo a retirar el kit, y ver algunas de las novedades que se ofrecen. La primera impresión que se tiene es que no es mucho mayor que la expo del Maratón de Santiago. Sin embargo, es bastante más ordenada, y posee una mayor variedad de productos y marcas. Los precios son normales, y no encuentro grandes ofertas. Es el primer día de la expo y hay bastante gente. Según el relato de otras personas del grupo de Carrera Internacionales, la cantidad de personas va aumentando con el correr de los días.

El viernes intentamos retomar el turismo. Regresamos junto al Reichstag, y comenzamos a pasear por el tiergarten paralelo a la strasse des 17 juni, vemos el Monumento a la Guerra Soviética, una gran obra escultórica y arquitectónica que conmemora la lucha del pueblo soviético contra el nazismo. Pasamos junto a un campanario que posee un fabuloso carillón, el cual escuchamos por algunos minutos. Continuamos hasta el Palacio de Bellevue, para continuar hasta la columna de la Victoria. Luego de cruzar bajo la rotonda que la circunda, entramos al recinto de la columna y visitamos su museo. Para posteriormente ascender por sus escaleras hasta sus 2 miradores; uno a mediana altura, y el otro en la cima, justo bajo la escultura de la victoria. Por el camino podemos además ver algunos grupos escultóricos dedicados a prohombres de la historia Prusiana y alemana como Bismarck. Por la tarde una iglesia dedicada a la familia llama nuestra atención. La visitamos y podemos apreciar las diferencias entre el catolicismo y el luteranismo. La austeridad de su altar, los vitrales con motivos centrados exclusivamente en la figura de cristo y sus enseñanzas, y la presencia de ofrendas de frutos del campo (frutas y verduras) en el altar, propios de alguna festividad de primicias, son los principales elementos que llaman nuestra atención. Además del gran órgano de tubos que desde las alturas del fondo de la iglesia domina el recinto. Imagino alguna obra de Bach sonando en ese lugar y la imagen de divinidad se completa absolutamente.

El sábado nos levantamos temprano. Ese día se desarrollaba un evento previo a la maratón; una corrida de algo más de 4 kilómetros desde Charlotteburg hasta el Estadio Olímpico de Berlín. Ese que hizo construir Hitler para mostrar la superioridad del pueblo Alemán para las olimpiadas de 1936, y que vio los éxitos de Jessie Owen (y la ira del Fuhrer). Entramos trotando al recinto del estadio como verdaderos maratonistas (por el túnel) y damos la vuelta olímpica. Luego ascendemos hacia donde se ubicaba el fuego olímpico, y nos sacamos algunas fotos. después nos convidan algunas cosas para comer: Berlinés, leche chocolatada, croissants, plátanos, manzanas y yogurt. Los que podemos consumir en los alrededores del recinto.

Por la tarde, o lo que resta del día, lo dedicamos a descansar y prepararse para el gran evento. En la noche compartimos la cena de pastas. Un gran buffet de ensaladas, pastas y frutas nos recibe en los comedores del hotel. Comemos con gusto, y hasta podría decir con un toquecillo de gula. Después a relajarse, e ir a dormir.

El domingo lo inicio a eso de las 6. Los rituales habituales e ir a tomar desayuno antes de las 7. Trato de ser conservador y cuidadoso en lo que como; cuesta. A las 7:30 nos reunimos con el resto del grupo de Carreras Internacionales, y partimos en tren a la Haupbahnof. a pocos metros de allí, se encuentra el recinto cerrado donde se concentran todos los servicios para los maratonistas: Guardarropía, baños, y algunos puestos con agua. Algunas personas ofrecen plásticos para cubrirse. La noche anterior ha comenzado a llover, y aunque ya solo sea una llovizna intermitente, es mejor protegerse.

Cerca de las 8:30 u 8:45 comienzo a dirigirme a los corrales de encajonamiento. Van desde la A a la H. los cuales largaran en 3 olas sucesivas a las 9:15, 9:30 y 10. A mí me toca (según mis tiempos de presentación) la H, la del perraje. Los con tiempos de 4:15 horas o más, o que es su primer maratón. Somos la tercera ola. Mientras esperamos vamos viendo en las pantallas gigantes la presentación de los corredores elite y su largada. Mientras esperamos la segunda ola, vemos los avances de los punteros que van a un ritmo extraordinario. Mientras tanto, trato de avanzar lo más posible de manera de posicionarme dentro de un grupo más rápido que yo, de modo de no ser detenido en la partida por los corredores más lentos. Segunda ola. Como una marejada mi grupo avanza para llenar el espacio que los 7 corrales anteriores ocupaban. Finalmente quedo a unos 50 metros del arco de largada.

Faltan algo así como 10 minutos. Se respira la emoción, sonrisas nerviosas en los labios, y movimientos de las extremidades para mantenerse activos. Reviso el programa de seguimiento de mi carrera en el teléfono, y que el reloj tenga su GPS activado y funcionando. Por los parlantes anuncian que faltan 90 segundos. Activo el teléfono con ese retraso y me lo meto al bolsillo. Ahora la cuenta regresiva: 10, 9, …, 3, 2, 1 partimos. El grupo se mueve lentamente, casi con letargo. Debe haber pasado como 1 minuto antes que pase el arco y comience instantáneamente a correr. Me siento extraordinario, y mi ritmo lo refleja. La masa sube por la Strasse des 17 juni, en dirección a la Columna de la Victoria, la que rodeamos por ambos lados Paso el primer kilómetro antes de los 6 minutos. Ese paso lo mantendré durante la primera hora.

El grupo se mueve muy parejo y bastante compacto, pero no hay roce. Procuro mantenerme sobre la Línea Azul, y por lo general lo logro. Cada poco un grupo musical está tocando. Bossa Nova, Rock, Jazz, no importan los estilos, la maratón es una fiesta de la ciudad y sus habitantes. A los lados se ubica la gente alentando, no se entiende por lo general el idioma, pero es una inyección permanente de ánimo. Este ambiente festivo se mantendrá durante toda la carrera, y sin exagerar, no hay 100 metros en que algún grupo de personas no se ubique con sus carteles y sus gritos, o tan solo con una mesa, y una cervezas y cosas para comer. Veo bandera de muchos países, pero llaman mi atención la gran concurrencia de mexicanos, y publico de los países nórdicos. También, los corredores con motivos: Contra el Alzheimer, la demencia senil, o la Esclerosis Múltiple. También los hay por una hija o una abuela enferma o que murió prematuramente. Todo es pasión y alegría.

A los 5 kilómetros aparece un punto de hidratación. Busco el isotónico y para cuando descubro que no hay ya el agua ha pasado. ¨mala suerte¨ pienso para mis adentros, tendré que aguantar hasta el próximo. Este llega aproximadamente en el kilómetro 8 o 9. Primero agua, agarro un vaso y tomo un sorbo. Después viene el té, boto el agua y tomo te. Esta frio a temperatura ambiente. Algunos metros más adelante, esta finalmente el isotónico. Dejo el té y bebo un vaso completo de esto último. Es una marca local que no conocía con un leve toque cítrico. La gente se agolpa frente a cada puesto de hidratación. Pareciera que, aun cuando las mesas están bien servidas, estas podrían ser muy cortas para la cantidad de gente, o que esta no entiende la lógica de distribución y se detiene a buscar. En todo caso, frente a cada puesto los corredores debemos bajar nuestro ritmo.

Cerca de los 12 kilómetros consumo mi segundo gel. El primero como siempre fue antes de partir. En el puesto de los 15, tomo agua, algunos sorbos. Por lo general evito el agua, ya que he tenido muy malas experiencias estomacales en carrera con este líquido. Pero quedo con “el paso cambiado”, y los geles debo apoyarlos con un poco de agua, ya que los puestos impares (5, 15, etc.) solo tiene agua. Y el plan es mantener los geles cada aproximadamente 10 kilómetros.

Sigo a buen ritmo. Paso los 20 kilómetros un minuto pasado las 2 horas. Me siento bien, y me ilusiono con una nueva marca para la distancia. Al pasar la mitad de la carrera, noto que me he retrasado 1 minuto, lo que le achaco al tiempo perdido en la hidratación. Siento que mantengo mi ritmo, y como siempre, corro por sensaciones. Para el kilómetro 25 me mantengo dentro de ese mismo rango de retraso, lo que me tranquiliza.

Cerca del kilómetro 27 me doy cuenta de que tránsito por un barrio absolutamente pueblerino. Casas de 2 a 3 pisos, con techos de 2 aguas, y maderas verdes y blancas delimitando la zona bajo esas aguas. La carrera ha transitado ya por barrios históricos y de edificios de oficinas o empresas. Ahora estamos donde vive la gente.

Me deleito viendo este anacronismo. Sin embargo, siento que no avanzo. Los kilómetros pasan más lentos. Decido adelantar el siguiente gel, por lo que aprovecho un abastecimiento en el kilómetro 28. Como ven, los puestos no están siempre en los múltiplos de 5. Volvemos a lo normal, fachadas corridas, hormigón, y avenidas más anchas. Me parece reconocer el barrio de la iglesia de la familia. Continuamos. He decidido disfrutar cada momento más que vivir para el reloj, por lo tanto, solo lo mirare en los controles cada 5 kilómetros. En los 30 ya tengo 15 minutos aproximadamente acumulados sobre los 6 minutos por kilómetro. Mi meta son los 7 minutos por kilómetro, por lo que todavía vamos muy bien.

Al acercarme al kilómetro 35, estoy en las cercanías de mi hotel. Zona conocida y caminada, con muchos comercios de marcas cara, y muy anchas avenidas. Pasada la boca calle que lleva al hotel está el control de los 35. Llevo 4 horas 20 aproximadamente. El llegar sub 5 horas todavía es posible, pero difícil. En un puesto en el kilómetro 37 tomo un poco de isotónico y un gel. En el 38 unas promotoras de Red Bull me convidan un vaso. Trato de apretar el paso, pero siento que me quedan pocas reservas. Nada duele realmente, solo un calorcillo en los cuádriceps y cansancio en la espalda. Ni siquiera esa sensación de “¿Quién me mando a meterme aquí?”. En algún punto antes de los 40 un pensamiento fugaz cruza por mi mente: “Si la Ángeles y el Seba estuvieran aquí con sus bicis, estarían sacándome ese trote que me falta”. Pero no están, y las piernas pesan.

A cada giro sueño con ver la Puerta de Brandemburgo, pero no llega. Paso el kilómetro 40 y decido no guardarme más. Aprieto el paso, el reloj dice que puedo lograrlo si me sacrifico esos últimos 2 kilómetros. Van 4:48 horas. Comienzo a adelantar a algunos corredores. De pronto visualizo la Puerta. Miro el reloj y se ha detenido. – No importa – Corro apuntando al arco del centro. Veo un fotógrafo justo antes de cruzarla y le grito “foto”, no sé si me la saca. Continúo corriendo, sé que me quedan esos últimos 195 metros. La gloria pasa sobre mi cabeza al cruzar el arco y elevar los brazos. No se mi tiempo… lo estimo alrededor de las 5 horas…. No importa.

Gradualmente voy bajando la velocidad y comienzo a caminar. Miro a mi alrededor, Todos sonríen emocionados. Unos 100 metros más adelante un grupo de lolitas reparten las medallas de finisher. Camino hacia ellas y la recibo en el cuello con una sonrisa. Luego, salgo hacia el parque cerrado, voy en busca de mi ropa pues me encuentro empapado. Por el camino recibo una bolsa con plátano, manzana, una barra de proteínas y chocolate, y frutos secos. Mas allá recibo un gran vaso de cerveza sin alcohol. Camino, siento y disfruto de ese momento y esa emoción. Soy feliz…. Aun cuando no logre mi objetivo, pues estuve en Berlín y termine su maratón sin ninguna molestia. Soy feliz porque durante 5 horas me conecté conmigo mismo y sentí pasar cada latido en unión con esa humanidad y naturaleza que me rodeaba.

Con los días me he preguntado que paso que quede tan cerca de esa meta. Mi tiempo oficial final fueron 5:01 con algunos segundos. Y lo único que podría explicar esos pocos minutos de diferencia sería el tiempo perdido en la hidratación. No solo el grupo bajaba su ritmo en cada uno de estos puestos, sino que, los líquidos eran suministrados en vasos plásticos, los que no permiten el ser aplastados para usar esa forma de embudo que facilita correr y beber al mismo tiempo. Por consiguiente, en cada puesto debí detenerme y caminar mientras bebía. Este simple echo podría explicar fácilmente unos 7 minutos del tiempo de carrera. Lo otro podría ser ese algo que podríamos llamar “vértigo”; ver que se puede hacer algo que esta mucho mas allá de nuestras mejores expectativas, y auto sabotearse. La maratón es una prueba con una componente mental fundamental…. Debo seguir trabajando en eso.

Deseo agradecer a Pilar, mi esposa, por su compañía y aliento. A Sebastián que a la distancia estuvo atento a darme consejo. A todos los amigos de Andesteam, que se preocuparon y preguntaron por mí. A Rodrigo y los Amigos de Olimpo, que también en la distancia estuvieron dándome fuerza. Y a toda mi familia por entender a este “Loco que corre” ….

Andrés Reisz – Socio Andesteam

Duplicar la apuesta #Aculeo52K

Los que han leído reportes anteriores sobre esta prueba me han escuchado repetir que quien corre en Acúleo puede correr cualquier otra prueba. ¿Si esto es cierto para quien corre una vuelta de 26 kilómetros, qué podríamos decir de quien realiza 2 vueltas a este bello y desafiante circuito?

El sábado 19 recién pasado correspondió la 4ta fecha de la Vuelta a la Laguna de Aculeo. En esta ocasión, y como una manera de complementar mi preparación para el Maratón de Berlín en el que participaré en poco más de un mes (el 24 de Septiembre), asumí el desafío de realizar la doble vuelta, es decir, 52 kilómetros.  Este era uno de los proyectos que venía acariciando desde principios de año, y que hasta último momento no estaba seguro de poder realizar dado que una rebelde lesión en la fascia plantar me estuvo molestando por varios meses. Finalmente, decidí hacerlo de todos modos,  teniendo en mente el disfrutar cada momento del recorrido, y considerando que se supone que a un mes de un maratón se debería realizar  “el último largo”.

Dado que la carrera largaba a las 8 horas, partimos junto con mis amigos Mauricio Quintanilla e Ignacio Rodríguez (Nachito) poco antes de las 6 de la madrugada. Llegando con tiempo suficiente para retirar el kit, y realizar los rituales habituales previos a una carrera (ir al baño, preparar los últimos detalles de la hidratación y alimentación para la prueba, conversar con los amigos, etc.).

Después de una noche de intensa lluvia el día había amanecido fresco y, hasta podría decirse, templado. Una suave neblina cubría algunos sectores del camino, y el paisaje se percibía bellamente de ensueños. El aire fresco llenaba los pulmones y aclaraba el espíritu. El olor a tierra húmeda permitía conectarse con toda esa belleza que nos rodeaba.

Minutos antes de las 8, Rodrigo nos llama y entrega las últimas instrucciones. Somos 24 valientes, expectantes y emocionados. La partida es ordenada, y zigzagueantes  para evitar las pozas de agua, nos vamos ordenando cada quien por su ritmo. Yo asumo un paso levemente más pausado de lo habitual con la idea de poder reservar energías para  esa segunda vuelta.  A los pocos minutos, alguien a mi lado mi habla: “Hola, Yo soy Francisco, ¿Cómo te llamas?” – Le doy mi nombre y continua – “Es mi primera vez en Aculeo” – Le cuento que Yo ya la he corrido varias veces antes, pero que es la primera vez que hago más de 42 kilómetros.  Su comentario me remece como una campanada: “… es tu primer Ultra… te felicito…”. Recién entonces tomo conciencia de lo que estoy enfrentando “mi primer Ultra maratón”.  (Para los que no saben de estas minucias del lenguaje, se entiende que toda carrera de más de 42 kilómetros es un ultra maratón).

Después Francisco sigue su camino, y Yo continuo disfrutando del aire y el paisaje. Corro conectado con el presente profundamente, y eso queda reflejado en una foto que me toma Nachito para Corredor Promedio poco antes de enfrentar esa primera subida en el kilómetro 4.

Las sensaciones son plácidas, y me asombro al darme cuenta que ese paisaje tantas veces recorrido se me hace tan mágico y novedoso. Sin darme demasiada cuenta llego al asfalto en aproximadamente 1 hora y 20.  Saco mi segundo gel y lo consumo (el primero me lo había comido antes de partir).  Voy muy parecido en los tiempos que en una vuelta normal. Inicio ese segundo tramo con energías.

Creo haber relatado anteriormente que una de las estrategias que utilizo para enfrentar las pruebas de larga distancia es asumirlas como una sucesión de pequeñas pruebas. En El caso de Acúleo, habitualmente la divido en tres tramos: el camino de tierra, el asfalto hasta el puente Pintué, y la carretera hasta la meta en el Camping Los Álamos. Dentro de cada uno de ellos los pensamientos y expectativas se fijan en esas metas parciales.  Con ello, jamás nos vemos abrumados por los tiempos o los grandes números, nunca se está corriendo mucho más de unos 10 kilómetros. Y aunque fríamente puede parecer absurdo, funciona maravillosamente.

En el kilómetro 15 me encuentro con el puesto de abastecimiento. Un plátano y un vaso de hidratante y continuo.  Me siento feliz y pleno,  mi cuerpo ha respondido a la perfección, quemando cada etapa dentro de los tiempos esperados. Minutos después ya estoy en el puente Pintué. Esta nueva etapa siempre había sido la más dura. Sin embargo, transcurre sin grandes novedades. En el kilómetro 21 consumo, según lo planificado, el tercer gel. De allí, llegar al camping y escuchar por los altavoces mi nombre y el aliento que se da a cada participante.  Poco antes de cruzar el pórtico, me cruzo con Francisco, nos saludamos y alentamos. Doy la vuelta tras un cono que marca el retorno, y a comenzar de nuevo. Van 3:14 horas. Poco más de lo que he hecho este año en cada fecha.

La luminosidad ha cambiado, el sol ya está alto y templado. El camino está algo más seco. Los kilómetros pasan, el reloj avanza.  Al rato me doy cuenta que mis referencia no me acompañan, y ese camino de tierra no parece terminar. Mi sensación ha sido que he mantenido el ritmo de la vuelta anterior, pero la realidad es otra.  Respiro y me reconcentro, “anticipo” el siguiente gel, y camino durante algo menos de un minuto mientras paladeo su dulce sabor y bebo algunos sorbos de Isorade desde mi mochila. Retomo el trote y logro llegar al asfalto. Esta vez he demorado 1:40 hora en esta etapa. Siento las piernas pesadas, nada duele, pero cuesta engañar al cuerpo.

A los pocos minutos sobre el asfalto me llega ese segundo aire.  Los nutrientes están llegando y el cuerpo lo sabe. Mi ánimo cambia,  parece todo distinto.  Al rato, nuevamente estamos en el puesto de abastecimiento. Queda solo agua. Tomo 1 o 2 vasos. La señora que atiende me ofrece un trozo de marraqueta, como un par de bocados mientras camino, y el resto me lo guardo en el bolsillo.  Retomo el trote. En algún momento me doy cuenta que hace como un kilómetro ya pase Pintué. Estoy cerca de la medialuna del pueblo. Avanzo lento, pero lo importante es que cada paso se siente firme y seguro.  Ya estoy en “terra incógnita”,  supere sin darme cuenta los míticos 42 kms.  Ahora es solo avanzar y disfrutar. Los autos pasan a mi lado, algunos los siento demasiado cerca. Cada tanto tomo de la mochila un par de profundo sorbos. A esta altura lo fundamental es la hidratación.  Cuando ya estoy por el kilómetro 20 o 21 de esta segunda vuelta, es decir, el kilometro 46 o 47, considero ese último gel planificado, pero siento que mi estómago no lo recibirá bien. No importa, no tengo hambre. Miro el reloj y me asombro que, a pesar de todo, estoy dentro del plan.

Veo ante mis ojos una subida. Pienso: “Es esta y estamos en la recta que concluye en el Camping Pantanal. Después esta esa última subida, la capilla, el colegio y la cancha de futbol,… y de ahí al camino de tierra y a la meta”.  Pequeñas referencias, pequeñas metas. Paso a paso se avanza, y esas son las etapas que me esperan.  Cada una es alcanzada, y con ella una nueva energía se alcanza. Los pasos se hacen menos pausados y cansinos.

Al doblar para enfrentar la entrada al Camping Los Álamos aprieto el paso, y comienzo a llenarme del entusiasmo y la alegría de una misión que se está cumpliendo. Escucho la voz de Rodrigo por los altavoces anunciando mi llegada. Los asistentes se ordenan tras la meta formando un  túnel para recibirme. Yo lo cruzo y recibo su cariño y sus felicitaciones. La familiaridad de La Cofradía se refleja en el abrazo que de cada uno de ellos recibo. Mauricio retrata mi alegría con una foto que comparto después por mis redes. Después de 52 kilómetros sé que no existen imposibles ni inalcanzables, y que siempre puedo soñar con un nuevo desafío…. porque estoy vivo….

Fueron 7:35 horas, las que me llevaron a ese momento. A sentir todo ese flujo y raudal de sensaciones. En lo formal, conseguí el primer lugar en mi categoría, una medalla que simboliza todas esas sensaciones y emociones.  En lo físico, mucho cansancio pero sin dolor. El cuerpo parece repararse con la plenitud de todas esas emociones que se vivieron.

 

Ahora solo queda agradecer. A Mauricio y Nachito por acompañarme y retratar esta aventura. A Andesteam, mi equipo, por apoyarme y alentarme, porque su cariño es importante, y correr con amigos hace una gran diferencia. Al Coach Sebastián Villarroel, por sus consejos y su apoyo. A Scientificbody por proveerme con un exquisito hidratante Isorade de Maqui, que con su sabor balanceado y agradable hizo más llevadera la prueba. A mi familia por entenderme en “mis locuras” y alentarme a seguir.  A la vida por permitirme vivir cada instante… especialmente estos…

 

Andrés Reisz – Socio Andesteam

Half Marathon María Ayuda #Scotiabank

Como parte de mi preparación para el Maratón de Berlín en un mes más (24 de Septiembre), participe el domingo recién pasado en la Half Marathon Scotiabank, producida por Prokart, a beneficio de María Ayuda, y que se desarrolló con partida y meta en los estacionamientos del colegio Santa Úrsula, en calle Monseñor Escrivá de Balaguer, entre Isabel Montt y Nueva Costanera.

Esta prueba es bastante desafiante pues incorpora un cruce (y ascenso) por dentro del Parque Metropolitano, entrando por Pedro de Valdivia y saliendo por La Pirámide, con aproximadamente 5 kilómetros que ponen a prueba la disciplina y fortaleza de la mayoría de los corredores. En esta ocasión me acompaño mi hija Dafna, quien corría por segunda vez estos 21k.

El día se inició con nuestro desayuno tradicional, para partir luego junto a Mauricio Quintanilla de Corredor Promedio, con tiempo para realizar un breve acondicionamiento físico y conversar con los muchos amigos y conocidos.

Alrededor de las 9:05 finalmente podemos encajonar, para largar aproximadamente 10 minutos después. Lo primero que llama nuestra atención es que la ruta no se ajusta al recorrido presentado en las bases de la competencia, el que era bastante enmarañado.

Sin embargo, la ruta que finalmente se realizo es sumamente simple: Se subió por Monseñor Escrivá de Balaguer hasta Nueva Costanera, para por ella salir a Vitacura, en donde se doblaba a la derecha para empalmar con Avenida Andres Bello hasta Pedro de Valdivia, para entrar al Parque Metropolitano, lugar donde nos encontramos con el primer puesto de hidratación. Luego se ascendía por el San Cristóbal, para salir del parque por La Pirámide. En ese lugar se ubicaba el segundo puesto de hidratación. Se salía hacia el Puente Centenario, y al salir de él se decencia hacia Monseñor Escrivá de Balaguer, en donde se tomaba a la derecha para subir hasta casi llegar a la rotonda Carol Urzúa,  donde se encontraba el último puesto, para retornar sobre nuestros pasos por Monseñor Escrivá de Balaguer, pasar junto a la meta para tomar Isabel Montt y Avenida Bicentenario hasta frente del edificio de la CEPAL, y retornar por Avenida Bicentenario e Isabel Montt, y pasar por la meta.

Partimos con suavidad, considerando el frio ambiente, y vamos apretando el paso en la medida que entramos en calor. Ya en Vitacura hemos alcanzado el ritmo esperado y lo mantenemos hasta entrar al San Cristóbal. Un vaso de hidratante al paso y a ajustar la zancada para comenzar la subida. El grueso del grupo en que me muevo mantiene el ritmo. Sin embargo, se escucha a algunos quejarse e incluso comenzar a caminar. Mi sensación es que la subida me cuesta menos que en otras ocasiones, y ciertamente la disfruto.

Ya de regreso en  Escrivá de Balaguer, aproximadamente en el kilómetro 12, consumo un gel dado que comienzo a sentir una leve reducción de las energías. Algo después ya siento esa inyección extra y puedo volver al ritmo anterior. Me cruzo con algunos amigos y conocidos, a quienes saludo al paso. A otros tan sólo los veo, y no alcanzo a compartir con ellos algún gesto de aliento.  Las sensaciones son sumamente agradables y lo que permite disfrutar  de la carrera.

En resumen, terminamos felices, habiendo cumplido con una ruta significativamente más compleja que el año 2016 y en un menor tiempo.

Aun cuando escuche a algunos corredores reclamar por “lo duro de la carrera”,  creo que esta es una competencia muy interesante y que permite correr un poco fuera de nuestra zona de confort, permitiéndonos conocer mejor  nuestras debilidades y fortalezas, y superarlas…  Espero poder participar el año próximo nuevamente, para poder continuar disfrutando y ayudando a una buena obra.

Andrés Reisz – Socio Andesteam

Corrida nocturna #AguasdeRamón

Esta vendría a ser la cuarta ocasión en que participo de esta prueba, y como en las anteriores llegaba con bastante emoción de volver a ver los archiconocidos paisajes del Parque Cordillera Aguas de Ramón de noche. Como siempre iba por la distancia máxima: 17 kms.

Dado que este año la entrega de los números se realizó los días anteriores, pude llegar como las 17:45 hrs. Es decir, unos 45 minutos antes de la hora programada de largada. Allá me encontré con Ángeles y Sebastián, mis amigos de Andesteam, y con mi amiga de estos territorios Frani Villagrán.  Con alegría compartimos esos momentos previos.

La largada, como es habitual con LSE, se atrasó unos 15 minutos.  El frio de la noche se siente, más aun cuando este año vengo con muchísimo menos entrenamiento en cerros.  El objetivo primordial es gozar de la experiencia.  Una vez comenzamos a movernos trato de tomar un ritmo cómodo, sin embargo, a poco andar, cambio el trote por una caminata rápida por lo que quedo último entre todos los participantes. Miro el paisaje y las volutas de vapor de mi respiración que ilumina el frontal.

Una vez que salimos del camino e ingresamos al cerro mismo comienzo a utilizar los bastones que desde el principio llevo en la mano. Mantengo un paso firme que me permite comenzar a alcanzar a los corredores más rezagados entre el kilómetro 1.5 y 2.5.  Cerca del kilómetro 3 soy alcanzado (y superado) por los primeros corredores de los 12 kilómetros que habían largado 15 minutos después (supongo).  Les doy el paso y veo como se alejan.

Voy combinando la caminata rápida en las subidas, con un trote suave en las breves bajadas.  Al llegar al primer cruce de agua, procuro utilizar los bastones para pasar sobre las piedras que se presentan como sendero. Sin embargo, uno de ellos cede y me encuentro sentado en la mitad del arroyo. Sonrió a los que me ven, me levanto y cruzo caminando por el agua. La frescura del líquido es reconfortante, y su temperatura pronto ya no se percibe.

El ascenso es casi permanente.  De a ratos me encuentro solo,  en otros formo parte de pequeños grupos de corredores, principalmente de los 12, que formamos largas hileras.  Algunos se detienen a descansar, otros a sacar y sacarse fotos. Yo asumo mi plan: Despacito, pero persistente se llega lejos.

Alrededor de la hora y media de viaje paso por el mirador. Es una de mis referencias. La primera vez que participe había llegado hasta allí en poco menos de 2 horas. Miro brevemente hacia la ciudad y sus luces, un sorbo de hidratante de la mochila y a continuar.  Media hora después ya estoy en el puesto de abastecimiento junto al Salto de Apoquindo.  Unos plátanos y media naranja y a continuar. Bajo hacia el rio, evaluó el mejor punto para saltar. Un paso largo y a comenzar esa breve subida.  Ahora comienza lo bueno: La bajada.

El descenso por el otro lado de la quebrada como siempre es desafiante y bello.  Se trota buena parte del tiempo, salvo cuando las piedras están demasiado sueltas o hay muchas que impiden un desplazamiento cómodo. En las breves subidas se camina.  No a poco andar unos manchones de nieve llaman mi atención.  Los miro con cariño, han aguantado semanas desde la gran nevazón del 15 de Julio.  La ruta es angosta, y de a ratos se mantiene sobre el filo de la quebrada. En otros se aleja y vamos entre pastizales y arbustos. A lo lejos vemos el resplandor de la ciudad que parece un atardecer eterno.

Los kilómetros pasan. El terreno cada vez es menos escarpado. Faltando algo así como 2 kilómetros alguien grita detrás de mí: “hay que aprovechar la bajada”. En la distracción pateo una piedra y me tropiezo con una manguera que atraviesa el paso. Pero no alcanzo a caer.  Continúo con algo más de precaución.

Comienzo a acercarme a la meta, están haciendo la premiación de los 17.  Cruzo la meta y elevo los brazos. Me encuentro con Frani, Ángeles y Sebastián que me abrazan y felicitan. Me siento feliz y agradecido de haber podido participar de tan bella prueba.

No queda más que agradecer a mis amigos por su apoyo y optimismo… Nos vemos en la próxima.

Andrés Reisz – SocioAndesteam