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Race Reports

Feliz Cumpleaños – Feliz Kilómetro – Andres Reisz

Como una manera distinta de pasar mi cumpleaños este año coincidió con mi estreno en el Km Vertical by Tifosi. La prueba que originalmente estaba programada para el domingo 24 de agosto se reprogramó por motivos climáticos y de seguridad, quedando finalmente para el 4 de Octubre, mi cumpleaños, en el cerro La Petaca de Til Til.

El día se inició como siempre con un desayuno normal, y la salida de casa con bastante tiempo para llegar tranquilo a retirar el número y realizar el calentamiento previo.

El día, a pesar de los pronósticos que indicaban chubascos leves, había amanecido soleado, por lo que al llegar se podía admirar imponente la cima de La Petaca. Pero al poco rato, unas tímidas nubes la cubrieron, y al poco rato el cielo se había puesto gris. Comencé a temer que nuevamente deberíamos correr con esa llovizna que nos había acompañado en Lampa. Sin embargo, bastó que se diera la largada para que el sol nos alumbrara con todos su esplendor.

El primer kilómetro fue bastante trotable, con una pendiente suave y sostenida, e incluso con una pequeña bajada antes de enfrentar la verdadera prueba. A partir de ese primer kilómetro nos encontramos con un trazado que se elevaba casi recto por el filo del cerro, zigzagueado apenas entre una vegetación rica en arbustos por lo general muy bajos (no era extraño que no superaran muchos de ellos la altura de nuestra cintura). El suelo alternaba entre estar cubierto de pastos altos, piedrecilla y tierra tipo polvo, bastante seca. Dada la pendiente, todo este recorrido se hizo caminando a paso firme, y lo más rápido que se podía. El ritmo durante los siguientes 2 kilómetros fue del orden de los 20 a 35 minutos por kilómetro. El grupo de corredores rápidamente se fue disgregando, y cada quien tomo su posición, tanto así, que casi no adelanté a nadie ni fui adelantado.

En algunas partes la ruta se trababa algo más con la presencia de rocas que debían ser escaladas, o zonas en que el sendero se volvía algo más resbaloso debido a las piedrecillas sueltas o el polvo. También, en algunos sectores, la pendiente cedía el paso a zonas menos empinadas y amplias que tentaban al trote. Yo mantuve mi estrategia conservadora, solo aumentando los ritmos pero sin llegar a caer en dicha tentación.

Superado el tercer kilómetro, nos encontramos con un aumento de la pendiente y del número de rocas que debían ser superadas. El sendero se volvía más estrecho y trabado, y el número de cactus y aloes que había que evitar aumentó significativamente. Cumplida una hora y 19 minutos de recorrido me encontré con el primer corredor que regresaba después de hacer cumbre. Como para preguntar algo le digo – ¿Cuánto falta? – Harto, más de un kilómetro – me responde. Algunos minutos después me cruzo con 3 o 4 personas más que vienen regresando. Durante un buen rato no vuelvo a toparme con nadie, después empiezan a aumentar.

El calor del sol se ha ido atenuando con un poco de viento que corre, y en algún momento noto que ya el valle no se puede ver tan claramente debido a las nubes que han cubierto el cielo y el paisaje.

Un grupo de personas que retorna me da ánimos, – falta poco – me dicen – hay que pasar esa roca de allá y son 20 metros, y me indican un gran promontorio que se ve hacia arriba. El saber que estoy tan cerca me anima, pero también empiezo a sentir un cierto cansancio en las piernas. Camino con calma, fijándome bien donde voy poniendo los pies. Cada persona que desciende nos entrega ánimos y energías positivas. Todos transmiten esa alegría plena y calma de la meta lograda, y del compañerismo de la gente de cerro.

Un último esfuerzo y visualizo unos pendones de Latitud Sur, alguien me grita “¿Numero?”, “93” le respondo. Transmite la información al que está anotando, y la acompaña unos segundos después con “1 hora 57 con 24”. Todavía quedan unos pasos para llegar a la cima, ahí espera un puesto de abastecimiento con naranjas e hidratante. También hay una gran roca donde uno se puede sentar. Continuo caminando un poco, tomo trozos de naranja y las degusto. De a poco voy parando, hasta que finalmente me siento en la roca, abro la mochila y saco una barra de proteína. Después comérmela empiezo el regreso. Lo asumo con mucha calma y cuidado, pues siento el cansancio y temo acalambrarme, pero arriba está muy nublado y corre viento, y el sudor se ha comenzado a enfriar.

Llego al campamento base cuando están en medio de la premiación. Me dan una empanada de la zona y algo de beber. Terminan la premiación, y antes de la despedida realizan el sorteo de los lentes Tifosi para el que nos habíamos inscrito antes de partir… “el primer número al agua”, “el segundo también”, “este si… Y sacan el tercero”, me llaman… Al recibirlos me felicitan… le digo “y además estoy de cumpleaños…” – “felicidades entonces”. 

Andres Reisz

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TriDesert Puerto Velero – Karim Acuña

Temprano el viernes comienzan los preparativos para viajar a al TriDesert de Puerto Velero que organiza Olimpo Producciones a lo que sería mi segundo medio ironman, esto constituía la primera gran vara de medición de cara a la temporada de triatlón. Pero bueno, saltándonos los preparativos y logística, vamos a la carrera.

Todo comienza con un viaje de aproximadamente media hora en bicicleta con nuestro equipo a cuestas por caminos sin luces desde Tongoy a Puerto Velero. Llegamos al parque cerrado y comenzamos los preparativos, ajustar los últimos detalles, revisar las plantillas de las zapatillas, ordenar los geles, dejar listo el casco, el porta número y los lentes en la bicicleta. Nos vamos al agua para acostumbrar la cara al agua salada/fría para luego encajonarnos, al no existir partida diferenciada trato siempre de irme por delante, pero por los costados, así me ahorro los golpes y patadas en la confusión de la entrada al agua. El reloj avanza retrocede a cero y empieza. El medio ironman constaba de dos giros de 950 metros formado por un triangulo isósceles, en el primer giro logro ocupar una buena posición para pasar gente, siempre rodeando el grupo y aumentando la frecuencia de brazeo, los primeros 300-400 metros los pasé como a 1:15 el 100 por lo que al llegar al primer giro logro ver cerca al grupo de avanzada. El camino entre las boyas estaba obstaculizado por el sol (no dejaba ver la siguiente boya) por lo que me tengo que girar viendo a la gente cerca mio, bajando el ritmo. El segundo giro, logro remontar aumentando la frecuencia de la brazada concluyendo el agua en 25 minutos con 20 segundos, mi mejor tiempo en 1900 metros aproximadamente 1:20 los 100 metros.

La primera transición fue para olvidar, me pasó todo lo que puede salir mal. Se me rompe el porta número, no me logro aplicar bien el bloqueador y se me olvida abrir el Powerade que llevaba en la bicicleta, perdiendo valiosos minutos en la transición.

El ciclismo fue durísimo, subidas con viento, sol abrazador, siguiendo el consejo de Sebastian, solo consumo agua con los geles cada 30KM lo que me ayuda a no sentir malestares estomacales prácticamente en toda la etapa, definitivamente lo más duro del circuito fue la subida a Guanaqueros y el viento. Tambien había que estar atento a los problemas en el camino, vi mucha gente pinchada por pasar a toda velocidad por empalmes o rejillas al salir de Puerto Velero.

Bajándome de la bicicleta mi tiempo hasta ese momento era cercano a las 4 horas y se venía mi mayor escollo.

El trote constaba de dos giros de 10.5 KM los cuales subían desde la playa de Puerto Velero pasado el puente mecano llegando a Tongoy. La subida con un sol abrazador era brutal y se hacía sentir el cansancio en las piernas, por lo que nunca pude sentir un ritmo de carrera propiamente tal, en cada giro hago prácticamente una hora, muy sufrida y esperando los puntos de abastecimiento principalmente para mojarme la cara. Para el primer giro siento que tengo un hambre brutal y tengo que parar por Coca Cola y galletas. finalizando con mucho esfuerzo un tiempo de carrera 5:54

Excelente apronte para temporada en una carrera durisima! Saludos. 

Karim Acuña

 Imágenes gentileza Trichile.

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Climbing Tour 4° fecha – Jesus Figueroa

Este año he corrido varios trail, de hecho, esta es mi segunda carrera en el circuito de Suzuki Climbing Tour.

El formato me gusta mucho. Los preparativos, el tener que trasladarse, correr entre cerros, con paisajes que a veces quitan el aliento. En fin, todo me resulta muy llamativo. Sin contar que puedes ver las maravillas que nos ofrece nuestro país y que normalmente no vemos o pasamos por alto.

Esta organización en particular tiene la vocación de convocar no solo a deportistas experimentados o iniciados, sino que a todo el que quiera subir “a su ritmo”. Eso se nota en el ambiente que hay en toda la carrera y en lo masiva que es (más de 1500 inscritos).

El lugar (El Alfalfal) es precioso y la ruta fue muy entretenida. Las lluvias del día anterior dejaron mucho barro y en los últimos kilómetros se pudo pisar nieve.

Las subidas pronunciadas y extensas no me vienen muy bien aún. Lo descubrí en Aguas del Ramón, en el trail nocturno de Latitud Sur. Pero subida tras subida, he ido fortaleciendo las piernas. Eso ayudó cuando ya en el kilómetro 2 cuando comenzó el ascenso progresivo.

Cerca del primer punto de hidratación (km 3) había un plano que, pese al barro (cruzamos un especie de caballeriza), dejó tomar fuerzas para la subida que venía y que no pararía por los siguientes dos kilómetros.

Antes de llegar a la primera meta (casi km 6), vino una bajada que disfruté mucho y que me permitió recuperar un poco de terreno.

Ya quedaba poco. Solo una subida de un kilómetro y casi 200 mts de desnivel me separaba de la segunda y última meta. Mientras subía, comenzaron los pensamientos que a veces me atacan: ¿Qué hago acá? ¿Quién me manda a inscribirme si no estoy preparado? ¿Para qué seguir si estás sufriendo?

No sé si les pasa a todos, aunque supongo que sí… Tenía muchas ganas de parar y descansar.

¿Cómo te sobrepones a esos momentos? ¿A estas pequeñas pruebas mentales?

Esta vez, sin pensarlo mucho, comencé a repetir una frase. Algo que me dijo Jorge alguna vez antes de una carrera: “No te guardes nada”. Y eso hice, traté de despejar la mente, tomar consciencia del entorno y de que aún tenía fuerzas. Y lo logré. Mantuve el paso y llegué en un tiempo que me dejó super contento.

La segunda meta, estaba nevada y el paisaje espectacular. Qué mejor que un doble premio: satisfacción por lo que aprendes del triunfo mental y físico y una vista de esas que quedan en la retina. 

Jesus Figueroa

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TriDesert Puerto Velero – Sebastian Villarroel

Después de 2 años volvía a participar en esta linda pero durísima carrera, donde en el año 2010 debuté en mi primer medio Ironman, probando la dureza de la distancia y del circuito en sí, considerando que el ciclismo con sus subidas y bajadas, sumando el viento lo hacen sumamente agotador y después bajarse a correr 21 kms por un circuito similar no es nada fácil.

Nos tocó madrugar un poco más de lo normal el día de la carrera, por el cambio de hora, saliendo desde la casa de Tongoy rumbo a Puerto Velero en bicicleta para calentar, el ambiente se sentía con mucha energía, ya que en comparación a los años anteriores había mucha gente participando lo que la hace mucho más motivante y con mayor competencia.

Para esta ocasión mi meta en la carrera era tratar de salir lo más rápido del agua, donde en el 1° giro de la natación estuvo bien movida y peleada, por la gran cantidad de triatletas partiendo todas categorías juntas, ya en el 2° giro se realizó un poco más tranquilo orientándome bien y saliendo a buen ritmo del agua a 32′.

En la etapa del ciclismo logré alcanzar a varios ciclistas entrando en ritmo rápidamente, pero ya después de los 70 kms las energías y fuerzas comíenzan a disminuir producto de las subidas y el falso plano constante, de ahí hacia adelante el objetivo era aguantar el ritmo y tratar de que pasarán rápidamente los últimos kms realizando esta etapa en 2:50 hrs.

Ya en el trote logro salir a buen ritmo pero mis fuerzas van decayendo y comienza a molestarme la zona baja de la rodilla, tomando la decisión de terminar el primer giro y abandonar la carrera, ya que quería tomarme esta carrera con calma y como inicio de la temporada de triatlón. Personalmente fue mi primera vez que abandono en una carrera donde el tiempo que llevaba estaba bastante bueno (4:20 hrs), pero mentalmente quizás no estaba tan fuerte, ya que analizando el proceso de entrenamiento nos faltaron algunos entrenos más largos, por tiempo o por priorizar otras carreras.

Por último aconsejar y motivar a los compañeros de Andesteam a seguir entrenando y compitiendo conscientemente, ya que para competencias de mayor distancia no es solo animarse o tener las ganas, hay que ir cumpliendo procesos y etapas paso a paso.

Dar las gracias a los compañeros que asistieron a esta carrera Karim, Jaime, José Luis, Daniel y a mi polola por el apoyo y ayuda en todo momento, donde se disfrutó y compartió. 

 Imágenes gentileza Trichile.

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BBQ Trail – Andres Reisz

Participé en principio en este evento debido a la insistente invitación de mi amigo Mauricio Quintanilla, quien participó de la organización de la prueba, y según muchos fue el “culpable” de su diseño. No puedo decir que no me fuera atractiva, pero la excusa de que al día siguiente tenía comprometida la participación en la Brooks, parecía bastante buena para ocultar el temor que sentía ante una ruta que se describía como muy desafiante, y por lo tanto, como muy difícil para un novicio en estas lides como yo.

Los días previos los pronósticos de lluvia para ese día no hacían más que agregarle emoción al evento. Ese día me levanté temprano, y mientras preparaba el desayuno comencé a sentir el crepitar de una intensa lluvia. Pensé “vamos a ducharnos con ropa”, así que reforcé la ropa de protección que llevaba, y partí feliz a la aventura.

Llegando al lugar, luego de seguir unas muy claras instrucciones, me encontré con un lugar muy campestre, y el hecho de que la lluvia se había convertido en una suave llovizna, y que las nubes se veían cada vez más rotas, anunciaban un día maravilloso, y una competencia que podría darse en unas condiciones ideales.

Al momento de dar inicio a la carrera ya no llovía, y el sol tímidamente comenzaba a calentar. Antes de partir recibimos una clara charla técnica por parte de JC, en la que se nos indican los desafíos con que nos encontraríamos, y algunos tips para superarlos. Dos de ellos se me quedan grabados: “si encuentran algo que les sirva de bastón, úsenlo”, y “si deciden abandonar durante la subida, devuélvanse por donde subieron, porque el retorno puede ser aún más difícil”.

Partimos y rápidamente nos encontramos con una pendiente fuerte cubierta de barro, y a poco andar descubrimos que las zonas cubiertas de hierba contenían ortigas las que se clavaban en las manos incluso a través de los guantes cuando debíamos usarlas para escalar. Esta condición hizo que se creara un sentido de equipo entre los que íbamos subiendo, ayudándonos e indicándonos como debíamos proceder. Después de varios minutos de ascenso y muchos resbalones, uno se encontraba frente a sus ojos con un cartelito que le decía: “¿Vas en 4 patas?”. Hay que considerar que justamente estaba a la altura que solo se leía si se estaba “en 4”. Fue la primera muestra de ese humor negro y esa malicia que impregnó todo el recorrido. Algo más arriba, y para mi sensación muchos minutos después, un segundo cartelito venía a confirmar el cariño con que se había organizado todo: “Llevas recién 900 metros”.

Un poco más adelante, y mientras observaba como íbamos subiendo, le lancé a una joven que venía unos pasos detrás de mí el comentario: “¿Quién nos mandó a venir acá?” Ella con un gesto me dio el mejor argumento y motivador para continuar; me indicó que mirara hacia abajo. El valle de Rancagua y Graneros se abría en todo su esplendor, y durante esa media hora habíamos ascendido lo suficiente para que esa belleza sobrecogedora fuera el mejor argumento para seguir adelante. Cada vez que me sentía cansado desde ese momento levanté la vista del barro y miré más allá… (Que bella analogía de la vida misma).

Superados ese primer kilómetro y medio aproximadamente, ya se podía empezar a caminar. Ahora serpenteábamos en un ascenso entre espinos y cañas silvestres, con piedras y rocas, y ese barro de las más diversas texturas y densidades que acompañó buena parte del viaje. El paisaje variaba entre campo abierto con alguna que otra vegetación, hasta sectores en los que más allá de las especies vegetales (propias de la zona central), se tenía la impresión de estar inmersos en esos frondosos bosques del sur, al circular por unos senderos apenas abiertos a machete entre todos los árboles y plantas, dentro de los cuales se debían esquivar no solo las raíces y plantas a ras de suelo, sino que también, más de alguna rama a la altura de la cabeza, e incluso más baja.

Luego de superar dos pequeños remansos en la subida, los que eran seguidos de sendas mínimas bajada y nuevas abruptas subidas, llegamos al punto más elevado de la ruta. Según lo que nos habían informado, allí encontramos los restos de un fuselaje de una avioneta que hace muchos años se accidentó en la región. Unos metros más allá comenzaba la bajada. Abrupta, embarrada y resbalosa. La mejor opción deslizarse y utilizar esas ramas que habíamos recogido para usar como bastón. Esta condición se mantiene por alrededor de un kilómetro. Luego la pendiente cede un poco y el sol ha secado el barro un poco, lo suficiente para poder pisar con un poco más de seguridad y poder aumentar el ritmo de descenso.

Algo más abajo, nuevamente encontramos esos bosquecillos oscuros e intrincados, donde hay que mantenerse atento a los obstáculos y a los giros inesperados de la ruta.

Superada esta etapa, se iniciaba la etapa más corrible del camino, gracias a la menor pendiente y la firmeza del terreno. El ruido de agua da a entender que por allí cerca corren algunos arroyuelos, los que de repente podemos vislumbrar entre la vegetación, y en otros simplemente superar.

Poco después se toma un camino (para ser estrictos, apenas un sendero vehicular) y algo más allá encontramos el puesto de abastecimiento, según la información que se nos entregó ese debería ser el kilómetro 8, pero mis mediciones lo sitúan mas bien en el 9. Un poco de hidratante, agua y “pichanga” alivian el esfuerzo de algo más de 3 horas de recorrido.

Continuamos por el sendero, y a poco andar volvemos a adentrarnos en el campo. Se puede mantener un trote continuo, por lo que los kilómetros comienzan a pasar rápido. Unos kilómetros más adelante, se comienza a sentir el lejano murmullo de la música y las voces del campamento base. “Estamos cerca” – pienso. El camino zigzaguea y estos ruidos se alejan, pero vuelven un par de veces más. Una de las últimas ocurre cuando mi GPS me indica que llevamos 12 kms. Pero la esperada llegada parece alejarse. La ruta gira bruscamente, y claramente comenzamos a alejarnos de nuevo. Se circula, nuevamente por un sendero vehicular, el que asciende suave y persistentemente. Luego de esto, volvemos al campo, al barro, al cerro, un cartel con una flecha indica que por ahí se va al a meta. Apuramos el paso, y tratamos de visualizar cuanto falta… Realmente hasta casi último minuto no se ve el campamento… Un último esfuerzo y cruzamos la meta…

Ahora viene la mejor recompensa… El abrazo de los amigos, un rico asado y un vaso de la mejor cerveza… La promesa que se nos hizo se cumplió a cabalidad: hemos vivido “lo mejor de 2 mundos”…

Deseo agradecer a Pablo Maya, a quien conocí durante el recorrido y con quien compartí desde el kilómetro 3 y hasta aproximadamente el 7, de esta aventura. Su compañía y apoyo confirman que en este tipo de pruebas, más allá de competiciones, son buenas ocasiones para cultivar la amistad y el compañerismo entre los participantes. Además, deseo agradecer a mis compañeros de Andesteam: Francisca Villagrán, Jessica Medina, Andrés Torres, Rodrigo Niño, Jesús Figueroa, Christian Rosales y Carlos Román, por compartir conmigo su entusiasmo, y especialmente a Mauricio Quintanilla por embarcarme en esta aventura… 

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4° Fecha Trail Running by Berghaus – Lampa

A esta cuarta fecha llegamos 5 miembros del equipo, Jessica Medina, Francisca Villagrán, Jesús Figueroa, Rodrigo Niño y yo. En principio, la fecha contaba con 2 pruebas independientes: El sábado se corría el trail mismo, con 2 distancias y recorridos distintos de 17 y 35 kms. en el papel (en realidad eran más bien 20 y 42), y el domingo se correría el KM Vertical, para el cual solo Francisca y yo estábamos inscritos.

Los días anteriores el pronóstico del tiempo indicaba que el sábado llovería, por lo que preparé la noche anterior una mochila con ropa de recambio, y protección para el frío y la humedad. Sin embargo, al levantarme me encontré con un día soleado y bastante temperado, por lo que decidí vestirme para estas condiciones, y llevar la mochila solo para la eventualidad de que después de la carrera refrescara.

Llegamos como a las 8:30 a Lampa, y luego de retirar nuestros números hicimos algo de calentamiento y nos sacamos algunas fotos.

Tipo 10 encajonamos, se veía poca gente, pero se lo achacamos a que los 40 kms habían partido como a las 8:30 desde Til Til. En la breve charla técnica nos indican que debemos partir hacia la izquierda, y que un poco más arriba en el recorrido nos encontraremos con los que vienen de Til Til.

Una vez iniciado el recorrido nos encontramos con unos primeros 2 a 3 kms bastante corribles, en los que la pendiente iba aumentando. Algo que me llamó la atención fue la cantidad de escombros y desechos que se podían observar a nuestro alrededor. A continuación comenzó una zona con grandes rocas que obstaculizaban el camino, y pequeñas “quebradas” (cursos de agua secos) que se debían vadear. Esto hizo que el ritmo decreciera y que el grupo de referencia en que me había ubicado avanzara más en un modo de caminata rápida que de trote. Además, en forma casi imperceptible, la pendiente había ido aumentando, y el cielo se había ido cubriendo de nubes. A pesar de lo desabrigado que iba (solo polera y pantalón corto) no tenía frío.

De esta forma, entre trotes y caminatas rápidas, llegamos al km 7, en el que se encontraba el primer punto de abastecimiento. Consumo varios trozos de plátano, pensando en que el esfuerzo muscular se ve como la gran dificultad del día, y que de la hidratación no debería preocuparme ya que llevo mi Camelbag en la espalda.

Saliendo del puesto de abastecimiento, comienza una pendiente bastante definida y fuerte. Inmediatamente noto una gotitas muy finas de llovizna frente a mis ojos, no las noto en la piel (lo que me extraña) pero asumo que se debe a que el sudor neutraliza cualquier otra sensación. La tierra en un principio continúa seca, y la llovizna que en algún momento que no me di realmente cuenta se convirtió en lluvia cerrada, parece no acumularse todavía.

Llegado un punto, entre el km 8 y 9, la ruta se vuelve bastante abrupta, y hay que hacer uso de las manos para apoyarse y subir. Al bajar el ritmo, me doy cuenta que estoy mojándome, y que las zapatillas han absorbido bastante agua. La tierra esta húmeda, pero el barro no se pega en el calzado. Mientras avanzo pienso: “Esto más que un trail parece trekking” o “¿Por qué no habré traído mi cortaviento?”. En un instante me detengo para observar el lugar, el paisaje y por donde seguir, y noto que viene una joven subiendo. Le pregunto ¿estás bien? ¿Problemas con la subida? “no es eso…“ me responde “es que sufro de vértigo”. ¿Y cómo te viniste a meter acá? Le replico. “No sabía que sería así.” Fue su respuesta, y el gesto que la acompañaba no dejaba lugar a duda de que esa pregunta se la venia haciendo hace rato.

Cada tanto observo y trato de evaluar cuanto más falta por ascender. Proyecto en mi mente el camino que llevamos, y que veo que llevan los que van más adelante, y estimo que no debe faltar mucho. Sin embargo, cuando llego al punto donde imaginaba ese “asalto final a la cima”, la ruta se desvía y pasa por el lado para mostrarme una nueva meta aún más elevada por alcanzar. En mi cabeza observo que el gran problema que estoy enfrentando no es netamente físico, sino que más bien mental, de expectativas, de encontrarme ante un escenario totalmente inesperado y desconocido.

Finalmente alcanzamos la cima. Una persona de la organización nos dice: “ya llegaron arriba, de aquí en adelante es todo bajada”. Mágicamente una luz se abre ante mis ojos. No es solo el alivio de saber que ya falta menos, y que los esfuerzos ahora serán menores porque vamos bajando, sino que, me doy cuenta que ya no llueve, y que incluso ha salido un poco el sol, el que siento me calienta un poco. Hasta este punto llevábamos algo más de 10 kilómetros.

El sol, la bajada, y los comentarios que hacemos entre los que nos encontramos nos dan ánimos. Apuro un poco el paso, y en algunos tramos incluso puedo trotar. Lo hago con cuidado, porque el camino es angosto y el barro lo ha vuelto resbaladizo. Por ahí por el km 12 una persona de la organización me habla; me pregunta cómo voy. Le digo que bien, que un poco cansado. La cara que pone parece poner en duda mi respuesta. Yo le pregunto: ¿Cuánto falta? Su respuesta es alentadora – “sigue bajando, en el km 13 está un puesto de abastecimiento, y de ahí hay un camino por el que se llega devuelta…”

Continuo con más ánimo. Ya falta menos, y (aparentemente) los últimos kilómetros serán de camino más que de cerro. Llegando al punto de abastecimiento consumo más plátano, un poco de naranja y 2 vasos de isotónico. Ciertamente veo un camino frente a mí, las expectativas se van cumpliendo, el ánimo mejora. Hasta aquí llevo más de 3 horas de esfuerzo, y ese era el tiempo que tenía en mente para todo el recorrido al partir. Me hago a la idea que en una hora más estaré en la meta. Avanzo unos 500 mts. Veo que los que van más adelante se salen del camino, veo que las marcas se adentran por el cerro nuevamente, y lo que es peor, veo que la fila se proyecta cerro arriba nuevamente. La pendiente se observa fuerte, y en la mente se agolpan los “peros”. “Pero si dijeron que ya no habría más subidas”, “pero si dijeron que había que seguir por el camino”. Pienso, “¿no será que este es el camino para los 40, y no vi alguna señalización que indicaba que debía irme por otra parte?”. Sé que no es así, y las personas que pasan a mi lado me lo confirman… Pero mi ánimo está dañado; me había preparado para otro escenario. Voy más lento de lo que podría, estoy bastante ensimismado, trato de darme ánimo, de tirar la talla con los que están cerca. Pero ya no estoy tan seguro de mí mismo, y siento que el cuerpo me reclama, me dice que está cansado.

Finalmente llego a esta última cima, faltan aproximadamente 3 kilómetros según dicen. Hay una pirca baja que se debe cruzar, me subo en ella y al extender la pierna para bajar, un calambre en los cuádriceps me tira literalmente al suelo. Observo que el músculo sobre mi rodilla derecha fibrilar. Un poco de elongación suave y de reposo, y nuevamente estoy en pie. Avanzo, la visión del pueblo de Lampa me da ánimo, y me indica que la meta está ahí mismo.

Avanzo, la ruta de descenso zigzaguea, hay mucho barro y está resbaloso. Un movimiento en falso, y nuevamente un calambre. Se trata de soportar, de cambiar el paso. Pero cuando ya se vuelve masivo, y ambas piernas se sienten rígidas, no queda otra que tirarse sobre alguna roca e intentar alguna posición o movimiento que atenúe el intenso dolor. Los otros competidores pasan, se detienen, me preguntan cómo estoy. Yo les digo que mal, que dudo que pueda seguir. Les pido que avisen para que puedan enviarme ayuda. Todos me dicen “No te quedes ahí tirado que te vas a enfriar”, el miedo, el dolor, o el shock no me dejan espacio para tomar conciencia de que me estoy enfriando. Algunos intentan ayudarme a elongar, pero cualquier intento activa una reacción en un músculo vecino que se acalambra. En la medida que seden los dolores me levanto y avanzo otro poco, (demasiado poco para lo que falta), y me veo obligado a tirarme de nuevo al suelo. Finalmente, una competidora genera una cadena hacia arriba de mensajes para que me vengan a ayudar; dice que un poco más arriba había alguien de la organización.

El mensaje llega, y una persona llega. Me ayuda a ponerme en pie, me pasa un palo para apoyarme, y se saca uno de los cortavientos que lleva puesto (lleva muchísima ropa en capas) para que me proteja del frío. Poco a poco, paso a paso vamos avanzando, me apoyo en el bastón y en el hombro de Daniel (que así se llamaba). El movimiento, el calor, y probablemente la barra de proteínas y el gel que unos corredores me convidaron, hacen que los dolores cedan. Además, la pendiente gradualmente se reduce y comienzo a poder caminar mejor. Daniel se mantiene cerca, y en varios momentos insiste en que me apoye en él. A unos 500 mts de la meta suena mi teléfono, es la Fran. “¿Andrés donde estás?” pregunta. “Detrás de la torre de alta tensión, frente a la meta” le contesto. “Vamos a buscarte” me dice y cuelga. Mientras llegan seguimos avanzando y superamos la torre. Los veo venir y trato de poner mi mejor cara, siento una emoción muy fuerte de saber que se tiene amigos que se preocupan por ti, y que realmente somos un equipo que se apoya. Entre talla y talla me preguntan cómo estoy y que me paso. Avanzamos juntos, me animan a ir un poco más rápido. Unos 150 a 100 mts antes de llegar, me dicen: “Ahora, a llegar corriendo…” Le obedezco, y comienzo a trotar, mientras me sacan el cortaviento y el impermeable que me había prestado Daniel. Corro y al cruzar la meta levanto los brazos…. Alguien saca la foto para inmortalizar el momento.

Francisca llega con unos trozos de plátano y unos vasos de isotónico, y me hace consumirlos. Estoy realmente muy adolorido, pero feliz de haber logrado llegar a la meta y completado este desafío…

Fueron algo más de 6 horas y media en la que en lo climático se pasó por todas las estaciones del año, y en lo físico y emocional se sufrió y gozo mucho más allá de lo esperado…

Debo agradecer en primer lugar a Daniel que en esos últimos 2 kilómetros y algo hizo de ángel guardián, tanto en lo físico como en lo emocional al distraerme con una conversación vana que me permitió relajarme y salir adelante. En segundo lugar, debo agradecer a Francisca, Jessica, Rodrigo y Jesús, que me confirmaron la grandeza de nuestro club y la amistad y el cariño que nos une… 

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