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112K en un día: #24HorasPista

112K en un día: #24HorasPista

Como me “gradué” de loco que corre.

Hace un año publique en las páginas de Corredor Promedio un artículo titulado 100 kilómetros en un mes, en el que daba cuenta de mi participación en 4 carreras en el transcurso de 30 días, las que sumadas daban algo más de 100 kilómetros. Este año logré hacer algo más entretenido.

Este año  participé de una de las pruebas más desafiantes: 24 horas en pista, evento organizado por Olimpo que se desarrolla en la pista atlética del Colegio Sagrados Corazones de Manquehue en la comuna de Vitacura.

La competencia invita a recorrer la mayor distancia posible alrededor de una pista atlética en el lapso entre las 19 horas del día sábado y las 19 horas del domingo, es decir, en 24 horas. Las reglas son bastante simples, se debe recorrer la pista en el sentido que corresponda a cada horario (se cambia cada 4 horas) al ritmo que se desee, y se puede descansar lo que cada uno requiera.

Mi participación nació de una humorada que quise hacerle al padre de Ricardo Gómez, a quien deseaba desafiar a que participáramos en duplas. Al final decidí asumirla como uno de los 5 grandes desafíos 2017.

Durante el último mes me di a la tarea de diseñar con Mauricio Quintanilla, mi amigo corredor, y con el apoyo de Sebastián Villarroel, Coach de Andesteam, una estrategia para obtener un buen resultado. Luego de mucho darle vueltas, llegamos a la idea de que se debería procurar alternar periodos de trote con otros de descanso activo (caminata), y que esto se debía hacer desde el primer momento de la carrera, evitando dentro de lo posible el “correr por sensaciones” o entusiasmarse demasiado al principio. Las proporciones no estaban claras. ¿Debemos dar una cantidad de vueltas trotando y después otras caminando? ¿o el parámetro debe ser por tiempos? Después de algunos ensayos prácticos concluí que una buena idea era darse un tiempo de trote (por ejemplo 30 o 40 minutos), y luego, el descanso considerarlo en vueltas. Además, durante ese periodo se debería dar la hidratación, el consumo de geles y otros alimentos, y las salidas al baño. Además, el plan indicaba que trataríamos de llevar adelante esta estrategia en bloques de 6 a máximo 8 horas, para luego descansar entre 1 y 2 horas.

Los días previos a la prueba estuve tranquilo. Entrenando mas volumen que velocidad. Mejoré mi hidratación, y dormí más. Como reaccionaría a una prueba tan distinta a todas las que conocía era una incógnita. La primera prioridad era disfrutar del desafío tranquilo y feliz.

El día sábado estábamos convocados a las 16 horas para la charla técnica, el control médico, y la entrega del kit. El pronóstico del tiempo era  mucho calor, y por tanto, todos nuestros planes debían ajustarse a esta condición. En la medida que se acercaba la hora, una cierta ansiedad me ataca. Nada grave, sólo la emoción de estar por enfrentarme con lo desconocido.

Minutos antes de las 19 nos llaman a encajonar. Partiremos girando en sentido antihorario. La temperatura ambiente, bordea los 30 grados por lo que inicio con una polera sin mangas. Casi puntualmente se da la largada. Todos trotamos comenzando a calentar. Saco mis cuentas y decido que partiré con trotes de 40 minutos alternados con caminatas de una vuelta. Al terminar esos primeros 40 noto que una vuelta es mucho y lo reduzco a la mitad. He consumido antes de partir un gel Hammer y 500 cc de Isorade de Uva. En el primer descanso activo me tomo 2 vasos de Isoride. En la segunda pausa, consumo otro gel y 2 a 3 vasos de Isoride. Continúo con este esquema por las primeras 2 horas y media. 40 minutos de trote por media vuelta de caminata. Mantengo un ritmo de aprox. 6 min/km, es decir, alrededor de 2:30 minutos por giro.

Sudo mucho, y el sudor me comienza a irritar los antebrazos y axilas. Consigo que me pasen un poco de pomada que he llevado y la aplico mientras avanzo.

Poco después de reiniciar el trote después de la cuarta pausa veo llegar a Sebastián con Ángeles. Les cuento que voy bien, y que cuando se cumplan las 3 horas me gustaría cambiar de polera y consumir unas barras de cereal. Esto implica un cambio en el módulo de las vueltas, pero me pareció que debía “atender a los consejos del Coach”. Cuando paro, consumo una barrita, Isorade de piña muy dulce que me han preparado, y me cambio la polera. Luego retomo mi plan.

Nos acercamos a las 4 horas, y Sebastián me informa que cumplido ese plazo debo detenerme, descansar y comer algo. Me ofrece pasta instantánea (Maruchan) y acepto. Me cuesta tragar un poco, pero finalmente logro consumir la porción. Una barra chocolatada me ayuda a endulzar la boca. Ahora a retomar el trote, pero antes una pasada al baño. La pausa no alcanzo a los 20 minutos. Hasta ese momento llevo 32 kilómetros.

Cumplidas las 5:45 horas completo los primeros 42 kilómetros. Un maratón en menos de 6 horas y no tengo ninguna molestia – pienso para mis adentros – No está nada mal. En las graderías solo están los asistentes de carrera, y ni siquiera muchos de ellos se ven. Decido salir a cambiarme de polera nuevamente al cumplirse las 6 horas. Son la una de la madrugada. Estando en la carpa aprovecho de tomarme una bebida energética y sacar mi IPod para escuchar música. Pongo un listado de canciones especialmente preparado para correr; mucho rock: Metallica, Black Sabbath, Ozzy, Mago de Oz. Los ritmos que sé me permitirán prolongar el trote durante la noche. Considerando el calor pronosticado para el día siguiente, el plan se ha modificado a tratar de hacer el máximo durante la noche y las horas de la mañana.

Considerando el nivel de cansancio, decido aumentar gradualmente los lapsos de caminata que voy intercalando, primero prolongándolos a una vuelta completa, y luego a 2 y 3. Al rato me descubro caminando y sin mucha intención de retomar el trote. En mi cabeza una idea me asalta: “Mientras más caminas, más difícil es volver a correr”. Por suerte la solución me llega desde el IPod. Comienza a sonar la canción Danza del Fuego de Mago de Oz, un tema que se inicia muy suave y calmado, y que repentinamente cambia de ritmo. Sin más me digo, cuando acelere la canción voy a correr. Dicho y hecho. Nuevamente estoy trotando, una inyección de energía surge desde la música y trato de aprovecharla. Por la siguiente hora intercalo el trote con algunas vueltas de caminata.

Al cumplirse las 8 horas nuevamente volvemos a girar como al principio. Los giros en sentido contrario me han parecido extraños, casi antinaturales. El volver a la “normalidad” me facilita por un rato mantener buenos ritmos mientras troto (7 a 8 minutos por kilómetro) pero cada vez que camino estos decaen y me cuesta volver.

Al cumplirse las 9 horas ya es poco lo que puedo trotar. Me mantengo caminando y escuchando la música. Canto y pienso en cualquier cosa. Nos damos aliento entre los pocos que permanecemos dentro de la pista. Llevo algo más de 60 kilómetros. Me planteo como objetivo estar al menos 1 hora más. Comienzo a sentir sueño y cabeceo. La temperatura ambiente ha bajado mucho, y el sudor en la polera se enfría. Cumplidas 10 horas me doy cuenta que en la última hora no he hecho mucho más de 1k, por lo que decido irme a dormir. Antes de acostarme me cambio la polera. Son las 5 de la madrugada.

Despierto a las 6:15. Ya ha amanecido. Me desperezo, cambio las zapatillas y regreso a la pista. El reloj de la carrera indica que ya llevamos 11:25 horas de carrera. Camino algunas vueltas para entrar en calor. Siento mucho frío por lo que decido retomar el trote en cuanto pueda. El nuevo cambio de dirección me encuentra justo bajo el arco de meta trotando. El descanso ha sido muy reponedor. En mi fuero interno decido que a las 8 tomare desayuno, mientras tanto tratare de sumar la mayor cantidad de kilómetros que se pueda.

A las 9 o 9:30 llega Luis Concha, el otro entrenador del equipo, me alienta en cada vuelta y está atento a mis requerimientos. Al rato se le suman Carlos Román y Javier Sandoval, dos amigos de Andesteam. Entre los 3 forman una barra que me mantiene en movimiento y motivado. En algún momento les pregunto cuanto llevo; 82 kilómetros. Ya supere mi primera meta, los 80 que me había fijado como mínimo ha recorrer. Fue en algo así como 15 a 16 horas. Carlos y Javier se van, al rato también Luis. Cerca de las 12 aparece Alejandro Figueroa. Los Amigos de Andesteam se turnan para acompañar, o envían mensajes de aliento que se reproducen por los altoparlantes. He superado los 90 kilómetros, pero el cuerpo ya da señales de fatiga. Me duele la espalda, los hombros, la cintura.

18 horas. Decido descansar y almorzar. Me siento con Mauricio en la zona del quincho y pido un maruchan de pollo. Esta vez puedo tragar bien. Bebo coca cola. Converso con Mauricio y con otros participantes que están por ahí. En eso llega Esteban Brufau con su polola, compartimos un rato mientras descanso.

Cuando estoy a punto de retornar a la pista regresan Sebastián con Ángeles. Les comento de mis molestias en la espalda, y me ayudan a elongar. Mientras me ayudan a estirar y flexibilizar llega Magaly Castillo.

Bastante más aliviado regreso a la pista a eso de las 14 hrs. Al entrar llevo 93 kilómetros recorridos. Luego de un par de vueltas de calentamiento caminando decidimos atacar la siguiente meta: completar los 100 kilómetros. Comienzo a trotar y contar las vueltas. En las graderías a mi barra se han unido Myriam y Gloria. Las energías que me entregan y la cercanía del objetivo deseado me hacen dar mucho más de lo que Yo creía posible. Troto sin pausas. Cada 4 a 5 vueltas bebo un par de vasos de hidratante. Cada otro tanto, Sebastián me moja la cabeza, el cuello y los antebrazos con agua fría. Los 100 kilómetros se alcanzan casi al mismo tiempo que superamos las 20 horas de carrera y cambiamos por última vez el sentido de giro.

Nuevamente me doy un descanso. Comer un sándwich, tomar coca cola, refrescarse. Visualizar que se hará en las 4 horas que nos quedan. Decido ir por los 110. Mientras estoy en eso, pasan mis padres a visitarme. Sebastián, Ángeles, Myriam y Gloria ya se han ido. Carlos ha regresado y acompaña a Magaly.

Al regresar comienzo a caminar, trato de ir rápido pero ya me cuesta mantener un trote consistente. Las piernas pesan, la espalda refleja el cansancio. La mayoría de los participantes se mantiene solo caminando. En nuestras cabezas hay una cuenta regresiva, y ahora todo está en nuestra cabeza y corazón. Voluntad es la consigna. A pesar de todo se avanza, se siente que las vueltas se van sumando y los kilómetros acumulando. Caminamos juntos, conversamos y nos felicitamos. Hay alegría por los logros alcanzados. Antes de comenzar Rodrigo nos dijo que nosotros éramos los protagonistas y los héroes de la jornada; ahora todos lo sabemos en el alma.

Cerca de las 17:30 horas, aparece Jesús Figueroa con su hijo. Cruzo algunas palabras con él. Recibo su aliento y cariño. El saberse acompañado es un incentivo invaluable para continuar.

Faltando media hora para el final, Magaly y Carlos me comentan que ya supere los 110 kilómetros. Sonrió y les digo: “Entonces ahora vamos por los 112”. Veo en sus caras incredulidad. Sé que están ahí alentándome, como los amigos incondicionales que son, aun cuando pueda parecer loco el someterse a tales esfuerzos. Veo su sonrisa tras cada vuelta completada, y escucho sus gritos de aliento.

 

Mientras camino converso con Ricardo y la Feña, y con otros corredores de quienes no recuerdo sus nombres. Anuncian por los altavoces que entramos en los últimos 5 minutos. Mentalmente calculo que alcanzare a completar mi objetivo.

Paso bajo el arco de meta quedando poco más de un minuto de la prueba, sé que acabo de completar los 112 kilómetros. Sonrio, y les hago un gesto a mis amigos en las graderías. Aun camino, pero es a un ritmo de marcha. 30 segundos gritan. Comienzo a correr. Lo doy todo por alcanzar un punto imaginario que se encuentra a algo así como media vuelta más adelante. Veo a otros hacer lo mismo. Todo es energía y dicha. Resuena una cuenta regresiva y la orden final: “deténganse y permanezcan donde quedaron”. He llegado a ese punto. He superado los tres cuartos de vuelta.

Rodrigo va recorriendo la pista, registra cuanto logro avanzar cada quien, y los que ya han sido controlados deben seguirlo. Mientras esperamos nos saludamos desde nuestras posiciones, nos felicitamos por el éxito. Estoy entre los que más lejos llegaron en ese último giro, solo 3 personas me superan. Cuando el grupo me alcanza, los aprovecho de abrazar.

Ahora falta el último ritual. Nos van nombrando y corremos hacia la meta. Nos espera la cinta de la victoria y el abrazo de Marcela Sarmiento con la medalla de finisher. Serán tan solo 80 metros, pero tienen el sabor de la gloria. Al cruzar la meta grito mi alegría y sonrío con toda el alma. Abrazo a mis amigos, y recibo el cariño de todos los que ahí estamos.

Estoy cansado. Me duelen los músculos y las articulaciones, pero siento que podría continuar, que lo hecho no ha agotado todas mis reservas, que se ha logrado todos los objetivos soñados con creces, y en forma inteligente, que los limites se los pone uno, y están ahí para superarlos.

Ahora sólo queda agradecer. A Rodrigo, Marcela y todo el equipo de Olimpo por la organización y la logística de un evento tan maravilloso. A Mauricio por ayudarme a construir la estrategia de carrera, y por haber estado durante las 24 horas siendo mi respaldo y ayuda. A Sebastián y Ángeles, y todos los amigos de Andesteam que estuvieron alentándome y ayudando. A los que enviaron sus mensajes, y a los que enviaron su energía. Especialmente a aquellos que asistieron y gritaron desde las graderías. A Magaly y Carlos que se quedaron hasta el final, con una preocupación que rallaba en lo paternal. A mis padres que inesperadamente llegaron a verme hacer lo que sé les parece una locura. A mi familia que estuvo preocupada por mí. A la vida que me ha permitido aprender de cada carrera tanto dentro como fuera de las competencias.

Hay un verso, creo que de un argentino, que habla de “esos locos que corren”. Para aquellos que lo han escuchado, recordaran que muestra la incomprensión o desazón de aquellos que no corren ante esos bichos raros que corren para llegar a donde mismo, y ser felices con sus propios logros y el sudor de sus cuerpos. En 24 horas de pista creo haberme titulado de Loco, de un auténtico y radiante Loco que Corre.

Antes de comenzar estas 24 horas desafié a Ricardo Gómez padre a que me acompañe el próximo año 2018 a correr aquí en duplas. La pelota está en su cancha.

Andrés Reisz – Socio Andesteam

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Jessica Medina